Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Votemos, y vamos a la Navidad

La vida es lo que nos sucede mientras hacemos planes, dijo alguien; igual fue, otra vez, Churchill o Groucho. Sin duda usted, como yo, ha hecho planes sobre qué hacer con el dinero del Gordo de Navidad, o al menos ha empleado entre 150 y 200 euros en una probabilidad de premio entre cien mil números. Usted ya ha agendado no menos de cinco reuniones de almuerzo y cena más copazo, despelleje del jefe, verdades inoportunas y algún arrumaco inesperado: "Tú sabes lo que te quiero, churrita", "siempre me ha encantado tu perfume, lo confieso". Todo un plan de planes programado desde la salida del puente de la Inmaculada hasta Nochebuena, aunque el perpetuum mobile del sarao que no cesa ha descubierto las rebajas y los Black Fridays, y están de moda las reuniones de grupos después de los Reyes para celebrar la Navidad… pasada: "Eres más agonía que un almuerzo navideño el 10 de enero", y cedamos el adagio al acervo del dicho popular. Ya lo dijo Maslow: para poder aspirar a la autoestima, primero hay que tener resueltas las necesidades sociales. Y por aquí nos preparamos de miedo para la autoestima. El propio puente de la Inmaculada va a ser objeto de millones de planes concebidos en la intrahistoria de la gente corriente. Durante esos días de asueto en verde cacería o ateridos por las calles de Budapest con nuestros cuñados, también se urdirán nuevos planes. Nuevas marcas en los calendarios, nuevos billetes de Ryanair y reservas de casas rurales.

Vivimos los lunes como puntos de partida de una cuesta de días laborables que culminan en la liberación del viernes, dios de las calendas del currante (bueno, conozco a alguna cabeza de familia que teme al fin de semana como a vara verde, y su verdadero consuelo llega la mañana de los lunes, con su rutina y su distanciamiento de la familia o de los planazos con que te asaltan los profesionales del ramo festero). Se trata de una paradoja de lo más filosófica: deseamos que pase el tiempo rápido y llegue el día señalado, normalmente el viernes, pero al mismo tiempo nos quejamos de lo veloces que pasan los días y los años. Queremos vivir saboreando la vida, lo cual es del todo incompatible con llenar la agenda de compromisos. No hay carpe diem que valga sin serenidad. San Agustín lo advirtió: el presente es fugaz, infinitesimalmente inexistente, y deviene en pasado sin llegar a ser algo, y sin ser futuro: futuro y pasado, pues, no existen. Y el presente, tampoco. Da la cosa para reflexionar, que hoy estamos todavía tiempo de meditar y cambiar nuestro voto. Votar, bien mirado, es gratis.

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