Como explicaba ayer Sánchez Saus con brillantez, el éxito de Vox ya es seguro. Ha pasado de la nada al protagonismo. Pero ningún éxito político puede explicarse sin una gran suma de ideas, voluntades, sensibilidades e intereses. Los caricaturistas de Vox («Ejpaña, Ejpaña, Ejpaña») no han tenido tiempo ni ganas de ver esta complejidad: en el partido de Abascal confluyen tres corrientes. Cierto que todas bajo el común denominador de la bandera rojigualda, pero ese debería ser el común denominador de todos los españoles y lo es, por fortuna, de muchísimos que no votan a Vox.

El primer sumando, que desde esta columna se defendió antes de la existencia de Vox, es un voto conservador que no se sentía representado por el PP y sí utilizado. Ese voto intelectual e ideológico representa -diría- unos quince escaños. Responde a los principios clásicos, al problema demográfico, a la batalla cultural, a la defensa de occidente, etc.

Si fui profeta, lo fui apenas un tercio. La segunda fuerza de Vox es la negativa de los demás partidos a salirse del consenso socialdemócrata de lo políticamente correcto. Ingenuo, supuse que en los debates televisivos, el PP intentaría aprovechar la ausencia forzada de Vox para ocuparle la silla discursiva. Pero ni el PP ni Cs dejaron de apuntarse a las leyes de género, al aborto, a las autonomías, al feminismo de salón, etc. Eso fue regalar los debates a Vox. Un chiste que circula por las redes lo explica: «A ver si me entero: el que gane de estos cuatro, ¿pasa a la final con Abascal?» Tanto consenso daba, en efecto, la impresión de que los debates eran las primarias del Partido del Sistema.

Un vídeo resume la tercera («no hay Vox sin tres») potencia. Un trabajador cargado con una plancha de pladur que no suelta confiesa a un desdeñoso entrevistador que le habla de la lucha de clases, que va a votar a Abascal. Esa conexión (menos impuestos, más seguridad, menos inmigración ilegal, más desparpajo discursivo) con el trabajador real, hasta ahora desencantado, puede dar la campanada. El voto conservador representa, como calculaba, una bolsa de votos. El voto del hombre de la calle, como lo llamaría Chesterton, es mucho más populoso.

Hay zonas de confluencia entre estos tres factores, como es lógico. A bulto pueden confundirse, pero la suma de Vox es un 1+1+1 que en la noche electoral dará la sorpresa (la sorpresa anunciada) a todos y algún soponcio.

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