Quienes vivimos la adolescencia y verdadera juventud entre 1960 y 1975 tenemos clara memoria de la descomposición de la dictadura de Franco, la adaptación de la Iglesia y de los partidos políticos mayoritarios a la realidad social, el fin tardío de la Guerra Civil y el proceso de reconciliación nacional. Lo vivimos con ilusión, ingenuamente, con la sensación de que no podía haber vuelta atrás hacia el cainismo secular de los españoles. Hemos vivido para un desengaño. Los desengaños se curan y restañan cuando somos muy jóvenes, pero cuando la frescura de la juventud pasa se resuelven en melancolía. Además de ingenuos fuimos temerarios. Nunca corrí delante de los grises, como se llamaba a la policía por el color de su uniforme, pero muchos de mis amigos que estudiaban en otras ciudades sí corrieron, en la mayoría de los casos con la falsa valentía que da la impunidad: muchos conventos, parroquias y obispados estaban abiertos para dar asilo a los corredores. Se refugiaban en sagrado donde la policía no podía entrar.

El régimen franquista y sus últimos defensores, una anacronía en aquellos años, le decían a la Iglesia exactamente lo mismo que le dicen los gobernantes españoles de hoy: que se dedicara a predicar la religión y no se metiera en política. Por aquel símil de la pescadilla que se muerde la cola, hemos vuelto al mismo sitio. No olvidemos que la tierra es redonda y curvo el universo. Pensábamos -pensé yo- que el cambio de régimen no desembocaría en una vuelta al pasado ni en la pérdida de las libertades individuales, sino más bien en una apertura ilusionada para el futuro y en unas libertades públicas que ya ejercíamos sin permiso. Nunca se nos pasó por la imaginación que se fragmentaría España, que la Iglesia tendría que convertirse otra vez en refugio o que se nos quisiera salvar y hacer libres a la fuerza dándonos leyes que no habíamos pedido.

El laicismo no es una ideología, es el principio por el cual las religiones no deben, ninguna de ellas, intervenir en el ordenamiento jurídico del Estado. (El anticlericalismo es una aberración, y una antigualla en estos tiempos, del laicismo.) El Estado laico a su vez tiene en cuentas las creencias de la población para la que legisla. La estrategia política de una izquierda sólo de nombre, desde hace decenios antirrevolucionaria y ni siquiera izquierda, igual que antaño se siguieron llamando liberales y moderados quienes ya no lo eran, se apunta a la sinrazón si hace falta para que no se le caiga la máscara de izquierda ni el maquillaje de lo mismo. La Iglesia, como en la descomposición del franquismo, no puede, por las mismas razones de entonces, callar ahora: por la defensa de la libertad individual, de los derechos y de la dignidad del hombre.

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