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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 6. Parte I)

Un ferrocarril a su paso por una zona rural a mediados del siglo XIX. Un ferrocarril a su paso por una zona rural a mediados del siglo XIX.

Un ferrocarril a su paso por una zona rural a mediados del siglo XIX.

Mientras Jacobo se quedaba impresionado con la ola que formaba el barco al romper la piel del mar, Mencía viajaba en tren hasta Madrid.

Hacía un par de días, a la vuelta de un paseo a caballo, vio que su padre la esperaba en la puerta de las cuadras.

–Mañana nos vamos a Madrid en el tren de las ocho –dijo.

Mencía sintió que la rabia se apoderaba irremisiblemente de ella. Había heredado de su padre los prontos, aunque los suyos lo eran literalmente y acababan enseguida; no como los de él, que duraban años… y, en no pocos casos, para siempre.

El enfado –que nunca en ella llegaba a la ira de su padre, aunque a veces poco le faltaba– se le reflejaba en la ceja izquierda, que se le enarcaba formando una hoz dispuesta a segar todo lo que se le pusiera por delante... Y lo segaba, aunque invariablemente se arrepintiera después, cuando el mal ya estaba hecho.La ceja empezó a curvársele poco a poco, pero ella misma detuvo el proceso pensando que era más prudente no echar a pelear su pronto con el de su padre. Habría sido una batalla perdida. Le dio un beso y con sonrisa zalamera le dijo que quería despedirse de Jacobo y don Julián, que la autorizara a ir al pueblo.

–No va a ser posible. Serafín se ha marchado ya y no quiero que andes sola a caballo por los caminos. Por dentro de los linderos de la finca no me importa porque hay muchos guardas, pero por los caminos no hay seguridad ninguna y podría secuestrarte cualquier cuadrilla de anarquistas.

Ella insistió, pero su padre se mantuvo firme en la prohibición.

Por la mañana, temprano, sus padres y ella tomaban el tren.

Había transcurrido ya un largo rato desde la salida, cuando empezaron a verse casas cercanas unas a otras. Mencía, que viajaba asomada a la ventanilla, supuso que llegaban a una ciudad mucho más grande que los pueblos que habían cruzado hasta entonces. Se dio cuenta de lo difícil que era ya saber, en las grandes ciudades, dónde acababa el campo y dónde empezaba la ciudad. Los recreos que la gente adinerada se había hecho construir para pasar los veranos hacían muy difusa esa linde que tan nítida resultaba en los pueblos pequeños.

El campo y la gran ciudad parecían haber llegado a un pacto: la casa se disfrazaba con una arquitectura rústica para no escandalizar demasiado al campo, y el campo de jardín para no ofender mucho a la ciudad. Así, camuflados ambos, empezaban y acababan con idéntico disimulo y pudor: de pronto, se leía en una pared “Panadería”, y uno se decía: la ciudad; pero unos metros después aparecía un huerto o una vaquería y entonces había que corregirse: el campo. Y así, hasta que por fin solo se veían industrias, comercios y casas.

El grito algo aflamencado de un mozo de blusilla azul anunciando: “Seviiilla”, la sacó de toda duda.Llevaban ya unas horas de viaje y Mencía se notaba la ropa, la piel y el pelo impregnados del hollín que expulsaba sin tregua la chimenea del tren.

Se levantó del asiento y le dijo a su madre:

–Voy a estirar las piernas.

Salió del vagón y se quedó de pie sobre la plataforma que lo unía al siguiente.

Se entretuvo mirando por la ventana los postes del telégrafo. Empezó a contarlos, pero se aburrió enseguida de ese juego que parecía no tener fin. De vez en cuando, en medio de la ardiente llanura amarilla, mirando el paso del tren, se veían hombres inmóviles, absolutos, como mineralizados. Y es que contemplaban el paso del tren con una pose tan quieta, que parecían formar parte del paisaje mismo.

Se sentía triste. Sabía que su padre jamás aceptaría a Jacobo. No solo por el compromiso que todo el mundo decía que había contraído con el conde de Henestrosa cuando ella nació, sino por tratarse del hijo de uno de sus muchos empleados.

Se le escaparon unas lágrimas. Iba a sacar el pañuelo de su bolso cuando oyó una voz cálida:

–No llore, señorita. Si por lo que llora tiene remedio no hay por qué llorar; si no lo tiene, menos.

Mencía se dio la vuelta. La voz pertenecía a un hombre de edad madura. La miraba fija y dulcemente: perforando, pero sin hacer daño. Sus ropas eran ropas de bracero: gorra deshilada; chaquetilla de dril, deforme; pantalones zurcidos y zapatillas de basto cuero.

Lo primero que se le vino a la cabeza fue que si su padre la veía hablando con un extraño –y más con pinta de gañán, como aquel– se enfadaría mucho. Aquella idea fue suficiente para que decidiera darle charla. En ese momento, cualquier cosa que pudiera contrariar a su padre la llenaba de satisfacción.

–Por lo que lloro no tiene remedio –contestó–, pero, aunque, según usted, llorar sea una inutilidad, a mí me sirve.

–Quizás tenga razón, señorita. También yo me he quitado de en medio de mi vagón porque no tengo el cuerpo para bromas ni risas. Usted llora por algo que dice que no tiene remedio; yo me he venido aquí para ver qué hago con algo que tiene remedio, pero un remedio fatal… Al menos para mi familia y para mí.

El tono de sus palabras era tan angustiado que Mencía no sabía qué hacer o responder, pero algo desconocido la impulsó a desahogarse con aquel desconocido. Nosotros sí sabemos la razón: ningún sentimiento desespera tanto al hombre como percibir su esperanza en trance de muerte.

–Lloro –se lamentó– porque estoy enamorada de alguien que mi padre nunca aceptará. Él no solo es pobre, sino algo peor: es hijo de uno de sus trabajadores.

–Comprendo su dolor, pero yo le hablaba de llorar por algo imposible y no veo que ese amor suyo lo sea. La vida es larga y las cosas no cogen el carril que queremos nosotros sino el que ella misma decide. Consuélese pensando que, a lo mejor, el que ha elegido para ustedes dos nada tiene que ver con el que ha cavilado su padre.

No supo Mencía qué le impulsó a formular aquella pregunta, pero la hizo:

–¿Y el suyo? ¿Qué le angustia a usted tanto?

El hombre guardó silencio. Miró a Mencía y vio sus ojos azules fijos en los suyos. La limpieza de su mirada le recordó a la de Luisa, su mujer; solo que los ojos de Luisa estaban enmarcados por una piel oscurecida por el sol y las fatigas, y los de aquella joven relucían más aún de azul por contraste con la palidez de su rostro. Tampoco él supo qué clase de desesperación le llevó a confesar a una desconocida:

–He matado a un hombre.

Mencía se quedó asombrada, no tanto de la respuesta, como porque aquel hombre le hubiera confesado algo tan terrible. A pesar de ello no se sintió atemorizada, quizás porque vio un ramalazo de nobleza en su cara.

Él se quedó en silencio durante unos pocos segundos. Al fin dijo:

–No sé qué locura me ha llevado a contarle a usted lo que le he contado. Solo unos pocos conocen ese secreto y responden con su vida de mantenerlo. Pero no se preocupe, señorita, que no es su caso. Nadie sabrá nunca que le he confesado mi crimen… Palabra de Cayetano de la Cruz, que así me llaman.

–No me pregunte por qué –respondió Mencía–, pero no estoy preocupada por conocer lo que me ha contado ni asustada por estar hablando con alguien que dice ser un asesino… Aunque, la verdad, me gustaría saber qué le llevó a matar a alguien. No parece usted una mala persona.

–Tuve que cumplir una orden –respondió él.

–¿Es usted un sicario? –volvió a preguntar Mencía como tanteando–. Ahora sí se sentía asustada.

–No en el sentido en que usted lo pregunta. Sicario, no; más bien, verdugo. Uno de los de mi hermandad.Saber que aquel hombre era miembro de una hermandad hizo que Mencía se sintiera inquieta.

Las hermandades o sociedades secretas de obreros habían ido proliferando por toda la comarca en que ella vivía. Mencía, que disfrutaba de una vida regalada, ignoraba las razones, pero cualquiera que conociera la vida corriente de los campesinos de entonces hubiera señalado varias: la jornada laboral extenuante, de sol a sol; la escasa y repetitiva alimentación en las gañanías –pan cocido con ajo y aceite de desayuno, almuerzo y cena–; el analfabetismo generalizado; y, sobre todo, la escasez del jornal, que hacía imposible, no ya formar ahorros para la vejez, sino atender a las necesidades inmediatas. A todo ello se unía un alcoholismo muy extendido entre los gañanes, fruto de la desesperanza.

Los gobernantes del Sexenio –que para derrocar a la reina Isabel II se habían apoyado en sus primeros tiempos en las asociaciones de proletarios afiliados a la Primera Internacional– pusieron inmediatamente después de su victoria un denodado empeño en reprimir esas mismas asociaciones, lo que las llevó a la clandestinidad.

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