Una cosa es que en invierno haga un tiempo más o menos malo, y otra cosa es que este rinconcito de España se parezca cada vez más a Santiago de Compostela. Por que ya está uno hasta los mismísimos de los dibujitos de los mapas del tiempo donde solo aparecen nubarrones descargando agua y al tipo (o la tipa) que presenta el parte, repitiendo la palabra borrasca una y otra vez.

Y la cuestión ya no es sólo que no pare de llover, el tema es que no vemos un cielo despejado desde que la calle Larga no era peatonal, y así tenemos el ánimo, más triste que Marco el día de la madre.

No vamos a dar una vuelta como solemos hacer por aquí: sin motivo, simplemente porque el tiempo invita a salir de casa y respirar, pasear, tomar una cervecita (o varias). Ahora casi no podemos encontrarnos con nuestra gente en la terracita o por la calle y la ciudad, desde hace meses -sí, meses-, está sumida en una penumbra continua y extraña en estas latitudes, donde los días de frío y lluvia en invierno se pueden contar con los dedos de una mano porque enseguida la primavera puja inquieta a la vuelta de la esquina, con la Semana Santa, los palcos dando morcilla para regocijo de muchos y fastidio de otros tantos.

Necesitamos el sol y lo necesitamos ya. Se nos está poniendo la carita de un mono comiendo limones, la piel ha palidecido y, a este paso, se nos va a poner el acento de un tío de Santiago de Compostela. Menudo fastidio.

Ya tenemos todos ganas de que la tele deje de bombardearnos con inundaciones, mapas del tiempo y temporales que no se acaban nunca. A ver si es posible que brille el sol de una puñetera vez y que las calles se enciendan. Ya estoy hasta los mismísimos de tanto nubarrón y de tanto paraguas secándose en la entrada de las tiendas y los bancos. A ver si sale el sol, repito, que esto parece Escocia. Carayo con el tiempo.

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