Paisaje urbano

El apocalipsis puede esperar

No esperemos, desde luego (tampoco lo estaba siendo antes), una legislatura provechosa

Finalmente los santones del PNV nos dejaron por mentirosos, y desde el vetusto Euzkadi Buru batzar dejaron caer el pulgar hacia abajo hasta arrojar al presidente Rajoy del banco azul con la fluida oratoria de alumno aventajado de Deusto de su portavoz como melodía de fondo. Casi con el tiempo justo para ponerse la corbata y medio enjaretar un discurso para la moción apto para todos los públicos, ya está Pedro Sánchez decorando a su gusto las amplias estancias de la Moncloa.

Ni a los más fieles se les escapa que el nuevo presidente lo tendrá difícil para gobernar. Ni sus 85 diputados dan para mucho ni las compañías son las mejores, eso sin contar la oposición feroz de los desterrados. Ocurre que, en este caso tan particular, no se trata tanto de gobernar, sino de estar en el Gobierno, que no es exactamente lo mismo. Se trata de aglutinar portadas de prensa, de salir todas las mañanas en las noticias de la televisión, de cenar con jefes de estado, de nombrar a muchos cargos públicos y personal de confianza… en una palabra, de ostentar el poder.

No esperemos, desde luego (tampoco lo estaba siendo antes), una legislatura provechosa. Será enconada, táctica, gestual, de recuperación del terreno perdido, de reafirmación de la socialdemocracia como centro del tablero político, ahora que parece que Podemos se pliega obediente al nuevo liderazgo y Ciudadanos se pierde en su particular carrera hacia el poder tras renunciar a su papel de bisagra. Entre el exceso de confianza y la subestimación, lo cierto es que a Sánchez se le ha presentado la oportunidad y a la primea ha marcado, aunque todavía quede mucho partido por jugar.

¿Y el lío de Cataluña, a todo esto? Si para el PSOE esta situación se ha visto sobre todo como una cuestión de oportunidad, casi lo mismo se puede decir de los nacionalistas catalanes, incluso los más separatistas, de cuyas discrepancias internas hay sobrados indicios y que no saben cómo salir del enorme embrollo que han montado. Hay todavía un hueco entre las posturas maximalistas de Puigdemont y ese catalanismo moderado que se esconde detrás de la trinchera que el nuevo presidente debe manejar con habilidad y cautela. Para empezar, nombres como el de Borrell tranquilizan y equilibran, algo imprescindible para los complicados objetivos perseguidos. El apocalipsis, no se alteren demasiado, puede esperar.

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