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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Lo que arde en Mazagón

Además de un desastre natural, todo incendio forestal supone miles de tragedias íntimas

Imaginaos lo que han sentido muchos al ver los pinares de Mazagón en llamas. Es lo mismo que experimentaron otros tantos el pasado septiembre cuando contemplaron arder la Hoz de Marín, en Archidona. De alguna manera, estos fuegos son enormes piras donde se queman muchas cosas, algunas físicas, otras espirituales: árboles, fauna, el verano como una patria infinita, la promesa siempre truncada de una vida más libre y natural, el paisaje de la infancia, de las primeras experiencias, las excursiones… Todo incendio forestal es mucho más que un desastre natural, que una lamentable pérdida económica y medioambiental. También es la suma de miles de tragedias íntimas. El que ve carbonizado lo que ha amado tiene una imagen muy nítida de lo que es el infierno.

Evidentemente, los incendios no son un producto del cambio climático. Siempre han estado ahí, hijos del duro verano ibérico y la dendrofobia. Sin embargo, nadie serio pone en duda que el crecimiento de la temperatura media del planeta supone un aumento del riesgo de ver a nuestros campos reducidos a un yermo solar negro. Andalucía, ya se sabe, está en la franja del planeta que sufrirá más cruelmente los efectos de este proceso que aún estamos a tiempo de frenar, pero que nos empeñamos en ignorar más allá de la retórica y de las buenas intenciones. Recuerde el alma que lo que hoy es el desierto del Sahara fue en otros tiempos, hace sólo unos 5.000 años, una enorme sabana con prados frondosos y algunos bosques donde el hombre cazaba y recolectaba. Todavía quedan pinturas rupestres que guardan la memoria de un campo poblado por hombres, cabras y elefantes. Hoy es el yunque de Dios, como diría un mahometano. ¿Cuánto tiempo tardará el valle del Guadalquivir en asemejarse a Río de Oro? Sigamos actuando con nuestra actual irresponsabilidad y lo sabremos muy pronto.

Todo incendio forestal es una galaxia de dramas. Aún recordamos aquel almuerzo en el que una señora, amiga de la familia, no pudo contener unas escasas, duras y dignas lágrimas en memoria de su nieto muerto en el gran fuego de 1984 en Roque Agando, en la añorada Gomera, el lugar donde Colón hizo aguada antes de adentrarse en lo desconocido. Ayer, cuando escribíamos estas líneas, con titulares que informaban de que eran ya 2.000 las personas desalojadas por el fuego de Mazagón, no pudimos evitar recordar aquel rostro veterano cuyo nombre hemos olvidado. Tampoco un fin de semana de risas y juventud en aquella playa de Huelva. Es mucho, demasiado, lo que se llevan las llamas.

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