Desde la ciudad olvidada

José Manuel / Moreno / Arana

El arquitecto del Palacio Domecq

A la memoria de mi abuela Carmen Caballero Cala

EL palacio que el Marqués de Montana labró entre las décadas de los setenta y ochenta del siglo XVIII, y que ya a mediados del XIX pasaría a ser propiedad de los Domecq, no sólo pretendió impresionar por la riqueza de sus materiales y de su decoración, también perseguía un simbólico protagonismo en su inmediato marco urbano, un edificio que supusiera un frente monumental que dividiera teatralmente diferentes calles y espacios y que gozara de amplias y diversas perspectivas desde las que poder admirar su arquitectura. Un concepto urbanístico similar fue plasmado también en la intensa reforma que sufre entonces otra casa señorial jerezana del momento, la del Marqués de Villapanés. Hoy ambos palacios, tan desiguales y tan semejantes, no lucen ya las privilegiadas vistas con que fueron concebidos por culpa de irrespetuosos monumentos escultóricos y un arbolado inapropiado añadidos modernamente. Pese a ello, es interesante comprobar que en los dos intervino un mismo arquitecto. Me refiero a Juan Díaz de la Guerra. El dato lo he aportado en un artículo publicado recientemente en el nº 35 del 'Boletín de Arte' que edita la Universidad de Málaga.

Díaz de la Guerra logró llegar, desde unos orígenes difíciles, a lo máximo que una ciudad como Jerez podía ofrecer a un profesional como él. Su condición de hijo bastardo le relegaría a ser maestro de albañilería, mientras otros familiares alcanzaron una notable posición social, como es el caso de su primo del mismo nombre, que fue obispo de Mallorca y Sigüenza. Sin embargo, consiguió el cargo de arquitecto municipal y levantó, además de dichos palacios, obras como la iglesia de San Francisco o la actual bodega Conde de los Andes, todo lo cual lo sitúa entre lo más granado de la arquitectura local.

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