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Tribuna Cofrade

Jaime Betanzos Sánchez

Consummatum est!

EL silencio paralelo tras la reja es una monocorde sintonía más allá del duelo del Viernes Santo. Las ventanas sin barrotes manifiestan ora la incredulidad, ora unos retazos de libertad dibujados por Platón. Tras varias lunas, la de Parasceve confirmó toda sospecha: este año, el cielo y la Tierra han roto su pacto de siglos. La túnica, aún sin planchar, no ha cubierto de sombras puntiagudas las verticales vallas de los palcos.

Por una vez, el cielo no ha sido protagonista y, por vez última, la primera vez ha sido tan desapacible como se estimaba posible. Los pesares se acumulan a las espaldas de los nazarenos anónimos que, en virtud del Mensaje y de la Misión, continúan haciendo Estación de Penitencia allá donde haya un cristo con una cruz demasiado pesada. Nadie se atreve a calcular la cuenta estimativa de tantas ausencias, de tanta Pasión contenida, de tanta luz no irradiada.

La universalidad del problema ha tratado de atenuar el desbocamiento de los sentimientos, pero la razón ha comprendido que el corazón no puede mirar de soslayo a lo que le da vida. Las llamas trémulas del altar no contemplan grandes signos para este viernes. La liturgia cuidada de esta muerte, desvaída en la iglesia y en la costumbre, deja la Cruz desnuda. Ante Ella, la Mujer transida de dolor que solo tendrá a San Pedro como compañía en su Casa de Oro.

Con la verticalidad de la Cruz acaba nuestro particular Vía+Crucis tras el Nazareno y contemplamos una muerte que, lejos de ser Buena, se nos antoja ruin y ordinaria. Sin embargo, en la víspera de la Vigilia Pascual, atisbamos la Esperanza tras la Sentencia inapelable por la que cumplimos la condena de no agarrarnos al clavo de la Soledad. Ese metal caliente, como el cuerpo del Crucifijo de San Miguel, también habla de Vida.

Pero, ¡qué vida más desdichada! ¡Qué negrura en los ojos de la Virgen de la Piedad! ¡Qué escandalosa imagen la del Campillo vacío! ¡Qué gravedad apremiante en la gravidez del Cuerpo descendido que nadie recoge a los pies de la Cruz! ¡Qué ruidoso silencio del alma son las campanitas mudas de La Concepción! Hoy era un día feliz. Ayer, el Señor nos enseñaba cómo se quedaba entre nosotros. Y hoy cumplía la promesa y se entregaba en el Altar de la Cruz para ser Pan imperecedero en el Altar de su Mesa.

¡Qué difíciles los renglones torcidos de Dios! La mantilla no se ajusta a la peineta con el broche delicado de la tradición en este Viernes fúnebre. Y, sin embargo, todo está cumplido. La liturgia silencia todos sus movimientos para no perturbar con ruidos irreverentes el duelo. Esta norma se ha extendido a las calles -a las plazas- pero la procesión va por dentro. Hoy, como nunca, la medalla se cuelga en el corazón.

Ahí dónde nadie accede, están los altares de insignia que en las vitrinas se han quedado. En el lugar recóndito de la ilusión, hemos preparado la papeleta de sitio junto a la túnica, junto a la molía. Entre los nervios y la emoción, hemos salido de nuestro ensimismamiento. Y, al fin, en la incredulidad hemos preparado nuestro espíritu para la Pascua. Porque en Jerez, en Andalucía –allá dónde se conmemora la Pasión con tanta personalidad- el Viernes Santo siempre es un motivo de alegría y el comienzo de la muerte. de la muerte

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