En tránsito

eduardo / jordá

Un artista del hambre

UNO de los últimos cuentos que escribió Franz Kafka se llamaba El artista del hambre. Trataba de un hombre que se ganaba la vida en un circo, ayunando en una jaula durante días y días. Al principio, el artista del hambre conseguía atraer a los espectadores e incluso las bandas de música tocaban para él. Pero poco a poco el interés del público se iba desvaneciendo, hasta que al final el artista del hambre se quedaba en un rincón perdido del circo, bajo un montón de paja podrida, olvidado por todo el mundo.

¿Una alegoría? Por supuesto. ¿Una parábola sobre el destino del artista incomprendido? Por supuesto. Pero lo bueno del caso es que Kafka se había inspirado en los artistas del hambre reales que actuaban en los circos a comienzos del siglo XX. En 1890, por ejemplo, un italiano llamado Giovanni Succi ayunó durante 45 días seguidos en la jaula de un circo de Nueva York, vigilado por un grupo de estudiantes de Medicina que se aseguraban de que no comiera nada. Es posible que Kafka viera a Giovanni Succi o a algún otro artista como él en un circo de Praga. Pudiera ser. Pero lo que sí sabemos es que esa clase de atracciones circenses, que ahora nos parecen inconcebibles porque sólo asociamos los ayunos voluntarios con las huelgas de hambre, fueron una realidad muy normal durante la vida de Kafka. Cuando murió, en 1924, había siete artistas del hambre actuando en los circos.

Esta semana hemos sabido que en Sevilla vivía otro artista del hambre. Se llamaba Pietr Piskozub, era polaco, era joven y por lo que sabemos de su historia, demostró ser un excelente profesional: sólo pesaba 30 kilos. Además, cosa más asombrosa aún en estos tiempos, Piskozub no cobraba nada por practicar su arte, sino que lo exhibía con toda generosidad ante cualquiera que quisiera verlo, en la misma calle, a la vista de todo el mundo. A Piskozub nunca se le pasó por la cabeza cobrar entrada alguna, ni mucho menos exigir una banda de música que acompañara sus ayunos. Era un hombre modesto que creía en la idea romántica del arte por el arte. Por no pedir, Piskozub ni siquiera pedía aplausos. Se conformaba con esas modestas representaciones callejeras de su arte, cada día más flaco, cada día más silencioso, cada día más volcado en su tiránica obra de arte. El martes pasado, Piskozub murió en un albergue de Sevilla. Su obstinado ayuno -que quizá fue más largo que el de Succi en Nueva York- terminó con éxito. Desde aquí, modestamente, pido un aplauso fúnebre para este gran artista del hambre.

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