Los milagros existen. No hace falta que sea Navidad. Puede pasar en verano. Que no salte el levante en Valdelagrana o que no haya atasco en el cruce de la carretera de Rota un domingo al volver de la playa.

Pero ese pequeño milagro en forma de bola navideña y plazoleta donde antes crecían las ratas y los jaramagos es buena noticia. Que el alma misma del casco antiguo, en eterno estado de descomposición, esté lleno de gente sin ser Semana Santa, no deja de ser algo excepcional. Eso sí, se nota tela que la gente no es que pase poco por la plaza Belén y aledaños: es que no tiene ni puñetera idea de llegar ni de cómo se llama la plaza donde está la bolita.

Pasmado, asistía el otro día al despiste generalizado del personal, por la calle Cabezas, Justicia o la plaza del Mercado o San Lucas, con el GPS del móvil para localizar el lugar exacto.

Tampoco hay que echarle toda la culpa a los paisanos. El casco histórico tiene menos atractivo que la carta de ajuste, que en paz descanse.

No apetece para nada pasearse por ruinolandia. Con todas esas casas señoriales a punto de caerse, fachadas apuntaladas y malas hierbas por doquier, lo único emocionante de ir por allí, por desgracia, es salir sin doblarte un tobillo o sin que un cascote te abra la cabeza como un melón.

Por eso digo que es milagroso ver estos días la plaza Belén llena de gente, aunque, a decir verdad, se podía haber aprovechado el tirón bolero para poner un puesto de churros o algo que diera algo más de ambiente a la plaza.

Pero en fin. No hay que pedir peras al olmo. Bastante cambio ha habido para como estaba. Lo único que me gustaría ver es casas en obras, tiendas y un motivo para que la gente volviera a vivir donde hoy solo crece el abandono y, estos días, la efímera ilusión luminosa de una bola navideña.

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