Relatos de verano

Jorge Duarte

En busca de la iluminación (IV)

Mi hermana la solterona, quien durante las trifulcas familiares solía improvisar con las  extravagancias más insólitas, dio un generoso trago de la botella de vodka y, subida en lo alto de la mesa, se puso a cantar Como una ola de Rocío Jurado, mientras se despojaba de su ropa. Prenda que se quitaba, prenda que arrojaba en lo alto de mi padre tras hacer el molinillo con su brazo derecho. Mi madre se había incorporado y sangraba por la ceja izquierda, tiñéndole de rojo medio rostro. Sostenía al inerte gatito entre sus brazos  y deambulaba alrededor de la mesa como un alma en pena, canturreando una especie de canción de cuna. El perro aullaba lastimosamente asomado a la ventana; los vecinos aporreaban la pared con furia; el timbre de la puerta sonaba estridentemente; la sirvienta subió a toda leche el volumen de la televisión, como si le estuviésemos molestando, se sentó a la cabecera de la mesa y, con gran desparpajo, se puso a pelar y a comer  cigalas a toda velocidad. La fiesta terminó cuando la Policía echó la puerta abajo con una de esas enormes mazas. Nos esposaron y trasladaron a comisaría para prestar declaración, tras lo cual nos calmamos un tanto.  

Y así fue como aquel cumpleaños, igual que todos los que celebré de niño, se fue por el retrete.  

Al mes de aquel esperpéntico cumpleaños, salí de aquella casa de los horrores para no volver más. No hubo despedidas, ni dramas, ni amenazas, ni rencores. Me fui sin más.  

Saqué del banco todos mis ahorros, suma nada despreciable, por cierto, y lo doné íntegramente al Templo budista de Lhasa. Como era de esperar, dada la magnitud de la dádiva, encabecé la lista de los candidatos admitidos.

Después de un año recluido entre las frías paredes del monasterio, donde tuve que soportar extenuantes jornadas de estudio y realizar las más duras y denigrantes faenas domésticas, esclavizado por unos cuantos monjes déspotas y, por supuesto, observando estrictamente los votos de pobreza, obediencia y castidad, me condujeron a un desierto sin más provisiones que la ropa que llevaba puesta, y me ordenaron que vagara por él hasta que encontrara la iluminación, momento en que habría de volver al templo para que el abad comprobara si efectivamente había llegado a dicho estado de supremacía espiritual. Pues bien, tras padecer durante ocho meses la soledad más opresiva que quepa en imaginación humana, ayunar,  enfermar hasta casi dejarme el pellejo en aquel horrible infierno de asfixiantes dunas, soportar las más temibles tormentas de arena, comer repugnantes insectos y amargas raíces que harían vomitar a una cabra, sufrir terroríficas alucinaciones, orar y meditar bajo las condiciones metereológicas más adversas y, en general, soportar todo tipo de  penurias que terminaron por hacer desparecer mi ego y ensanchar mi alma como el más vasto de los océanos, creí alcanzar, para mi regocijo, el tan preciado estado de la iluminación.

En esa sazón volví al templo. No fue fácil que me reconocieran, pues tenía el aspecto de un mendigo andrajoso y había adelgazado hasta convertirme en un esqueleto viviente. Tanto fue así que el monje que me abrió la puerta salió huyendo despavorido nada más ver mi calavera y mi indumentaria, convencido de estar recibiendo la visita de la mismísima Muerte. Supongo que influyó en tan funesta confusión el que me apoyara sobre una guadaña vieja que encontré en el camino y el que llevara puesta la capucha de mi negra y andrajosa túnica,  pues llovía a cántaros.

Después de demostrarles con gran esfuerzo quién era, me condujeron a la celda del abad. Hice antesala por espacio de ocho o diez horas, pasadas las cuales  salió de su celda, se acercó a mí y, sin darme la bienvenida ni saludarme siquiera, ordenó en tono adusto que me levantase del poyete donde estaba sentado. Nada más ponerme en pie, me azotó con furia en el pecho por cuatro veces con una vara de olivo entretanto escrutaba mi rostro con gran atención en busca de alguna señal de padecimiento. Yo sabía que un Iluminado jamás dejaría traslucir emoción alguna, y menos aún el dolor y el sufrimiento, por lo que me mantuve imperturbable, sin mover siquiera una pestaña. El muy sádico volvió a arrearme con rama, esta vez en la cara y con más saña si cabe. Esbocé una tenue sonrisa por toda reacción, aunque ya pueden imaginar, señores lectores, el dolor abrasivo y terriblemente punzante que padecí en la mejilla zaherida. Me pidió, entonces, que le mostrase las manos. Lo hice en la creencia de que iba a examinar mi higiene personal, pero el muy cerdo colocó la llama de un mechero debajo de la palma de mi mano derecha mientras me miraba fijamente. Obviamente me sobrevino un dolor insufrible al que se sumó un escalofrío febril que me hizo convulsionar como si tuviera epilepsia. Empero, no había estado poniendo a prueba mi cuerpo y espíritu en el desierto durante ocho largos meses para mostrar debilidad a la primera de cambio, así que continué impasible como un maniquí en una partida de póquer, y rematé mi compostura exhalando un leve suspiro, como si me aburriera.  Justo en el instante en que hacía el amago de retirar el mechero, cuando ya creía  que no podía soportar más aquel terrible padecimiento, tuve la mala suerte de que sonara el timbre de su teléfono. Sacó con la otra mano un móvil de debajo de su hábito y se puso a hablar con su interlocutor, al principio de forma distendida, para ir poco a poco acalorándose la plática, olvidándose, al menos en apariencia, completamente de mí.

 Por si acaso la conversación telefónica formaba parte del numerito del mechero, no aparté la mano de la llama. No llevaría ni un minuto de cháchara cuando, de repente, empezó a arder mi mano con virulencia, alcanzando las llamas una altura considerable, tanto que tuve que retirar la cara para no quemármela, eso sí, sin expresar emoción alguna ni, por supuesto, retroceder la mano un milímetro, no fuera a dar la sensación de que huía del mechero.

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