La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

El cabrón del avión

Veo al hipeputa racista que exige que cambien de asiento a su compañera en el vuelo de Ryanair Barcelona-Londres porque es negra, gritándole "negra y fea perra" y "no me hables en tu puto idioma extranjero, puta vaca fea". Lamento ser tan simplón pero me asombran tanto como me indignan estas malas bestias racistas. Me resulta absolutamente imposible encontrar una explicación a su odio. Condenamos comportamientos crueles y violentos cuya mecánica podemos explicar en función de los beneficios materiales, la satisfacción violenta de los instintos o la superioridad que el dinero y el poder otorgan. Pero el racismo no obtiene nada a cambio de su odio y violencia. Si acaso la sensación de ser superior a quien se desprecia, maltrata o mata. Es una recompensa bien pobre en beneficios y placeres. Otra cosa es que el racista obtenga bienestar y ganancias (esclavitud, explotación laboral o sexual, condena a los más duros trabajos, apropiación de los bienes de los racialmente perseguidos). Pero entonces el impulso racista esencial -considerar otra raza genéticamente inferior y dañina para la pureza de la raza superior- es instrumental, no un fin en sí mismo.

El racista puro no espera beneficios. Su odio es desinteresado: desprecia, maltrata o segrega sin esperar nada a cambio, guiado por la creencia en su superioridad racial frente a la inferioridad del otro. Da igual que se trate de la persona más correcta, mejor educada, más simpática o generosa: su condena no la dictan sus actos sino su raza. No puedo comprenderlo. Por mucho que me esfuerce en intentar, como dicen los americanos, ponerme en sus zapatos. Para combatir el mal hay que conocer los mecanismos que lo producen, pero en este caso me quedo atónito, dolido, escandalizado, indignado, entristecido… Sin llegar a comprender por qué a alguien le molesta u ofende el color de la piel o la pertenencia a una determinada raza o cultura.

En la actitud y las palabras de esta mala bestia racista del avión ardían las cruces de fuego del Ku Klux Klan, sangraba el genocidio belga en el Congo o el turco en Armenia, humeaban las chimeneas de los campos de exterminio alemanes. Ryanair no lo expulsó del avión para entregarlo a policía: cambió de asiento a la mujer. Una vergüenza. Urge saber si este tipo asqueroso acaba en la cárcel o no. Cualquier otra medida sería escandalosamente insuficiente.

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