JEREZ ÍNTIMO | ESPACIO PATROCINADO

Marco Antonio Velo

Una caída en Plaza Rafael Rivero

Se me descompone la emoción cuando observo la caída de una persona mayor. Estos accidentes no deberían existir para un socio vital -para un miembro de número- de la tercera edad. La mera observación de tal emergencia atiza la cúpula de mi estómago. Me hace trizas la sensibilidad. Me hace picadillo el ánimo. Me acogota durante varias horas. Me hincha de impotencia. Un anciano envuelto en el percance de un resbalón, de un mal paso, de un equilibrio no calculado, de unas fuerzas que menguaron o de un tropezón malavenido, siempre juega a la contra de nuestros más inmediatos imponderables. Y visionas entonces como un verso antiguo que sangra. Como una bondad encanecida que tiembla por segundos sobre el asfalto. Una indefensión por rémora de la edad. O por desgaste de la vista. O por un bastón que se deslizó a destiempo.

La peligrosidad que advierte tan repentino suceso contagia a los testigos como de una suerte de maleficio con asomos de magulladura ajena, de hueso fracturado: una contraseña de contusiones que nadie acierta a desbloquear. Y, ante tamaña injusticia que atenta contra el jerezano de piel arrugada que ya no es dueño de su movilidad, la caída del Imperio Romano se nos antoja peccata minuta; el pisoteo de los caballos de Atila, cosa de cualquier jueves y los últimos días de Pompeya algo así como una fogata mal calculada. Nuestros mayores merecen todo menos el contratiempo de un batacazo en el impromptu -desafinado- de esta puñalada trapera de lo inesperado (que es como una cicatriz no escrita en la agenda del día).

No cabe mayor injusticia in situ. Un abuelo jerezano no ha de experimentar el acelerón de este impacto tras un precipitado vuelo sin alas, unas volandas sin brazos sujetadores, un descensus ad inferos (tan del inframundo de Eneas). Este pasado sábado -allá cuando la hora del aperitivo tocaba su cenit en una ambientación de bote en bote- la Plaza Rafael Rivero presenció cómo una gran señora de pelo cano, elegante como un guiño de la intrahistoria, entrada en años, empalideció cuando se dio de bruces sobre esa alineación que forman las aristas de las aceras y la dureza de la planicie de este señorial enclave del centro de Jerez. Resbaló de mala manera. Quedó la buena mujer como claveteada de pies a cabeza en la inmóvil posición de su aparatosa caída. Ipso facto se demacró el busto del eficaz alcalde que trajo las aguas a la ciudad desde el Manantial del Tempul…

Y lloró contenidamente el Palacio de los Condes de Garvey en un susto aliñado de rimas asonantes. Y torció el rictus la antigua residencia de Juan Pedro Domecq. Y soltó una llantina -incontinenti- la fachada neoclásica de la Casa-Palacio Petra de la Riva. Y se humedeció el lagrimar del Palacio de los Pérez-Luna. Y la muralla que da candor y calor a los diferentes bares quiso abrazar, en socorrido auxilio, a la amable víctima de esta congoja ya unánime. Mas fueron algunos de los muchos cofrades allí congregados los primeros en salir a la quinta marcha, como correcaminos solidarios, en pro del socorro de quien -en su aturdimiento- ya templaba el heroico comportamiento de la más bella de las accidentadas. Ejemplar reacción y decisiva determinación del presidente del Consejo de la Unión de Hermandades -José Manuel García Cordero- y del tesorero de esta institución -Antonio Espinar- al llamar de inmediato a la ambulancia. Los hermanos de las cofradías son así: entregados en cuerpo y alma a sus semejantes. Ninguno se separó un instante de la guapa integrante de la estirpe de las veteranas jerezanas de ancha memoria y expansiva sonrisa. No alberguemos la menor duda: ¡Qué importante es que los cofrades salgan a la calle! Entiéndase esta afirmación en todas sus posibles lecturas.

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