Un día en la vida

manuel Barea /

En el calor de la tarde

SENTIR que cruzaba el desierto de Lut fue mucho más que una mera excusa para entrar en el bar. En una mesa había un tipo con los auriculares en las orejas hablando con el plato del que trinchaba y comía, y de vez en cuando se reía a carcajadas, como si estuviera engullendo un chiste. Yo fui a la barra y pedí lo de siempre. Sin tiempo a que el hielo del vaso se derritiera siquiera una micra llegó otro hombre y, a pesar de que había espacio suficiente como para practicar gimnasia rítmica, se sentó a mi lado con esa manía que tienen algunos de encimar como Gattuso, y pidió risotto de champiñones y para beber zumo de melocotón. Al oirlo algo se removió en mis tripas y di un trago medicinal. El tipo acabó rápido. Al ir a pagar le dijo al camarero que el risotto no les había salido tan bueno como el del día anterior, que ayer había pedido lo mismo y sabía de otra manera -o sea, mejor-. "Os lo digo para que lo sepáis", soltó con tono de tío enrollado. Entonces se entabló un diálogo en bucle y espeso, como lo que se había jalado el nota, que desembocó con el camarero pretendiendo devolver el dinero al consumidor. Éste reaccionó con el no no no por favor y el camarero esgrimiendo el billete con el sí sí sí por favor, y el otro repitiendo, muy digno, que había dicho que el risotto no estaba como el del día anterior "sólo para que lo sepáis, no para que me devolváis el dinero", y el tasca insistiendo con "sin problema, tranquilo, no pasa nada, está bien que nos lo hayas dicho", y al final el gachó cogió el dinero, sólo pagó el zumo de melocotón -que debió saberle como siempre- y salió pitando. Miré al de los auriculares, ahora cariacontecido con alguna impertinencia que parecía haberle escuchado al plato. No se había coscado de nada. Por mi parte, estuve a punto de decirle al camarero que lo mío tampoco sabía a lo que había bebido ayer, que me recordaba a la lejía Tres Sietes, así que me podía poner otro, sin cobrármelo, claro, para compensar, cuando terminara con el del regusto extraño; total, ya que lo estaba acabando... Pero fue un pensamiento fugaz. Supe que no iba a colar. Convine en que el éxito con una maniobra como esa sólo está al alcance de alguien capaz de mezclar zumo de melocotón con risotto de champiñones, gente al filo de lo imposible. Y no sé por qué me vino a la cabeza eso ya tan trillado de "Es la economía, estúpido". Así que pagué lo mío y salí de nuevo al desierto de Lut. Aún me quedaba un buen trecho.

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