El balcón

Ignacio / Martínez

El cambio

DESDE que el PSOE arrasó en 1982 con el lema del cambio ha habido muchos intentos de utilizar ese eslogan para ganar elecciones. Lo hizo Arenas en su última intentona antes de que el caso Bárcenas le pasara a la clandestinidad. Y lo ha usado Susana Díaz, que tanto se le parece en currículo académico y laboral, en el teatrito de primarias que ha organizado Griñán antes de irse corriendo a su casa. Y el jueves, el encargado de presentar a la nueva jefa de su partido utilizó ¡25 veces! las palabras cambio o cambiar. Habría que recordar a estos jóvenes socialistas un viejo refrán español: dime de que presumes y te diré de qué careces.

Hay otros recordatorios. El PSOE hizo la campaña de octubre del 82 vendiendo el cambio como un bálsamo de Fierabrás. El debate electoral en La clave, con casi todos los candidatos, fue muy interesante. Alfonso Guerra no se cansó de utilizar el lema de su partido. Y Xabier Arzallus (PNV) le hizo una pregunta letal: "Señor Guerra, ¿esto del cambio qué significa, que ya nadie va a pedir un enchufe en este país?".

Tres décadas después, la duda de Arzallus tiene respuesta: todo dios pidió enchufes y mucha gente atendió los requerimientos. Hay demasiados nombres para confirmarlo. Gürtel y ERE son los últimos, pero ha habido otros, como Naseiro o Filesa. Hubo enchufes, comisiones, mordidas, corrupción por norte, sur, este y oeste, de derecha a izquierda. El aplauso más fuerte de la nomenclatura socialista reunida el jueves para ponerse a las órdenes de su nueva jefa se produjo cuando la susodicha dijo que sería implacable contra la corrupción.

Es probable que esos palmeros hayan conseguido colocaciones para sí mismos o sus familiares en estas tres décadas, pero no consideren el enchufe como una forma de corrupción. O como una violación de la igualdad de oportunidades. De ahí la intensidad de los aplausos: el asunto no va con ellos, la corrupción es siempre cosa de cuatro golfos ajenos, lejanos.

Más allá de esa promesa, el resto del discurso de Díaz ofrece poca novedad. Si acaso, una retórica izquierdista para intentar frenar el ascenso de IU por ese flanco, cuando el espacio a ganar es el centro que se fue al PP el año pasado. Y hay algo que no ha cambiado nada desde 1982: presidentes sevillanos, licenciados en Derecho por la Hispalense. Cinco de cinco; aunque Chaves y Griñán nacieran en Ceuta y Madrid, se criaron en Sevilla, que tiene la Presidencia como dominio reservado.

Eso sí, hay cambios evidentes de generación y de género. También de preparación: los anteriores mandatarios tenían méritos académicos, laborales o profesionales que se desconocen en Díaz. Aunque esto no sea precisamente una garantía. Griñán llegó al cargo con experiencia, cultura e ideas que levantaron muchas expectativas. Defraudadas, porque resultó ser un líder inseguro, fatuo, inconsistente. Un presidente adolescente, a pesar de su edad. A ver si al menos eso cambia. A mejor.

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