la esquina

José Aguilar

No tan cangrejos

HA hecho furor la idea de que las jóvenes cohortes actuales serán las primeras de la historia que vivan peor que sus padres. De ahí ha salido una denominación que se repite: estamos ante una generación cangrejo, condenada a ir para atrás en progreso y bienestar.

Tengo mis dudas. La crisis que empobrece a casi todos, la precariedad en el trabajo o la ausencia del mismo y la constatación de que mucha gente con estudios universitarios o formación técnica de alto nivel ve pasar los años sin disfrutar de estabilidad laboral y sufriendo un futuro incierto abonan la tesis del cangrejo. Eso es indudable.

Pero es menester contemplar otras variables y no perder la perspectiva. Una primera consideración es que la crisis no durará siempre y que cuando cambie el ciclo económico serán los muchachos más formados los que mejor se coloquen para encontrar empleo con una remuneración adecuada. Nunca podrán decir ya que es un empleo para siempre, cercano a su domicilio y no sometido a movilidad funcional y reciclajes continuos. Estas condiciones difícilmente se repetirán en la economía globalizada y competitiva que ha venido al mundo para asentarse sin remedio. También harán bien en olvidarse de la cultura de la vivienda en propiedad o de tener muchos hijos. Más bien creo que ya se han olvidado de hecho.

Otros indicadores señalan, sin embargo, que sus condiciones de vida son ya mejores que las de sus padres, y más duraderas. El acceso a los estudios universitarios está al alcance de la gran mayoría de los jóvenes (y no digamos de las jóvenes, cuyas madres ni siquiera se imaginaban poder cursar una carrera). Antes de acabar los estudios han viajado a países que sus padres sólo visitaron ya talluditos o nunca. No es difícil que conozcan uno o dos idiomas, además del castellano. Ninguna crisis les quitará su teléfono móvil y su incorporación a las redes sociales. El televisor y el aparato de música en la habitación a su exclusivo servicio es algo común. El ordenador personal forma parte también de su horizonte cotidiano. Pueden estar viviendo del alquiler, sí, y con estrecheces, pero poco comparables a los cuchitriles en que tuvieron que meterse sus padres. Si se ven obligados a vivir en la casa familiar, lo hacen con plena o casi plena libertad. Los padres los protegen de las adversidades y carencias, que es algo que ellos mismos no tuvieron porque sus padres tenían más necesidades aún.

En fin, que el tópico que se ha instalado entre nosotros de una juventud condenada a vivir peor que las que le precedieron requiere muchos matices. Viven peor en algunos aspectos y mejor en otros. Y acabarán viviendo mejor en casi todos.

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