Se ha puesto de moda una aplicación de internet (llamada FaceApp) que coge tu imagen actual y te muestra cómo serás con setenta y cinco u ochenta años. La gente anda como loca, túnel del tiempo arriba, túnel del tiempo abajo. Nos advierten del riesgo que conlleva usarla, pues la empresa rusa que ha creado la aplicación se apropia de las fotos que le prestamos para su jueguecito.

No me hacía falta que me avisaran del peligro porque no pensaba usarla. No porque no me interese, sino porque no me la creo.

Para un hipocondríaco como yo, verse con setenta y cinco años, por muy mal que me viese, sería una espléndida noticia, un alegrón. Habría sobrevivido. Mi frase favorita de Woody Allen es que la frase más hermosa que se puede oír se escucha en la consulta de un médico y dice así: «Es benigno». ¿Yo, con setenta y cinco tacos? Pues fenomenal, con las canas o las calvas que hagan falta, por supuesto. No me importan. Además de que albergo la casi inconfesable esperanza de que de viejo mejoraré. La mediana edad es la edad más cruel.

Pero, por desgracia, no me creo los poderes proféticos de la aplicación, ¡con lo que me gustaría que fuesen ciertos en todos los sentidos! No me los creo porque yo estoy más con Abraham Lincoln cuando aseguró que «a partir de los cuarenta un hombre es responsable de su cara». Oscar Wilde, a través del trampantojo del retrato de Dorian Gray, vino a decir lo mismo. Y si eso es a partir de los cuarenta, ¿qué no será treinta y cinco años después?

Arrugas, por supuesto, y canas, y lo que toque, pero la serenidad de un rostro que ha vivido con autenticidad o la emoción transida del heroísmo cotidiano o la belleza de la alegría interior o la luz diáfana de un amor vivo o la emoción de una entrega callada, todo eso no lo pone una aplicación de internet, sino nosotros, día a día, con nuestras decisiones, pensamientos y sentimientos. También -lo tengo que reconocer, aunque me pese en la conciencia- cuidándonos un poco físicamente. La mejor aplicación es aplicarse.

Lo veo tan claro que hasta me vengo arriba y termino pensando que hay una cierta justicia poética en el hecho de que los de la aplicación timen, quedándose con sus imágenes, a cualquiera que se piensa que, en virtud de unos algoritmos, puedan darle su rostro de dentro de un porrón de años. Usted no juegue ni sueñe ni piense en su rostro del futuro: constrúyaselo. ¿Cuándo? Ahora. ¿Cómo? Bien.

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