las mentiras del barquero

jesús Rodríguez

Los caracoles

LOS caracoles son unos bichos inteligentísimos. No se conoce ningún otro animal que haya sacado tanto provecho de sus babas: le sirven para reducir la fricción con el suelo al desplazarse; para regular térmicamente su cuerpo; para reducir el riesgo de heridas e infecciones; para liberarse de sustancias tóxicas; para sellar su caparazón… Si cuento, además, que los caracoles hibernan para librarse del invierno, estoy seguro de que los lectores -sobre todo, los muy frioleros- estarán de acuerdo conmigo en que muy pocos animales pueden sacar pecho ante un caracol.

Y después está lo de la buena mano que tienen para la geometría: los caracoles han diseñado su concha conforme a la proporción áurea, que lleva obsesionando a los hombres desde hace más de cinco mil años. Lo que ellos hacen con toda naturalidad según van creciendo, ha ocupado cientos de horas de los grandes genios humanos: la pirámide de Keops, el Partenón, las esculturas de Fidias, la Mona Lisa o la Quinta Sinfonía de Beethoven, han nacido después de que sus autores dedicaran días y días con sus noches a estudiar el número fi, que es el que expresa la proporción dorada.

Debe de ser por estas cosas que algunos hombres admiran a los caracoles hasta la imitación. Es el caso de los serviles y los pelotas, que, igual que ellos, andan arrastrándose y dejando sus babas allí por donde pasan; y no digamos los aficionados al onanismo que, como los caracoles 'Manzana' -que se fecundan a sí mismos- reducen su vida sexual al amor propio.

He leído en una enciclopedia que hay más de treinta y cinco mil especies distintas de caracoles y que la mayoría son comestibles para el hombre. Es precisamente en este punto donde se descubre que también hay clases sociales entre los caracoles. A la cabeza están los 'Borgoña', los escargots, tan finos y sofisticados que las reglas de protocolo exigen que se coman usando una pinza. En la película 'Pretty Woman' se puede ver que comerlos con el cacharrito no es fácil, por lo que, para evitarnos el ridículo, en los restaurantes de postín sólo debemos pedir escargots si somos personas de mucho mundo.

Menos elegantes, a pesar de que se codean con lo mejor de lo mejor de los océanos, son los caracoles marinos. Ya de por sí, ellos tienen buena pinta, pero como casi siempre se sirven en el plato acompañados de gambas, ostras o almejas, hacen raya en cualquier mesa.

Por ahí andan también las cabrillas, en un devaneo con los escargots y mirando por encima del hombro a los caracoles marinos. Si se sirven con la presentación en la mesa que recete Arzak pueden llegar a ser resultonas, aunque siempre quedarán en un querer y no poder.

La condición de parias entre los caracoles corresponde a nuestros caracoles de primavera, que pertenecen a la especie 'caracol común'. Su único lujo es la redundancia de su nombre latino: 'hélix aspersa aspersa'. Los vemos siempre servidos en vaso de cristal o en taza corriente, pero son muy sabrosos y llenan las tardes de mayo y junio de mucha alegría en las terrazas de los bares. El protocolo que rige su comida es muy humilde, pero eso no justifica que haya gente que los degluta con un chirriante sorbido, hurgando después en sus adentros con un palillo de dientes. Debemos evitar compartir mesa con individuos así: son unos ansiosos.

Como se ve, siento una gran fascinación por los caracoles. Me viene de niño. Ya con cinco o seis años me quedaba embobado viéndolos pasear por el jardín con esa parsimonia de filósofos peripatéticos. Los tengo desde entonces por animales misteriosos, enigmáticos, y me gustaría conocer su idioma - que lo tendrán, aunque será tan discreto como ellos- para preguntarles por sus cosas: qué piensan de las auroras; si ven a los insectos como aprendices de ruiseñores; si creen que los perros son lobos desorientados y los gatos tigres de salón; si ordenan las hojas de las plantas según su sabor, engulléndolas como primer plato, segundo plato y postre…

Ya de mayor, he comprendido que ese encandilamiento que siempre me han producido los caracoles es fruto de mi afinidad con ellos; tanta, que hace ya mucho tiempo que me da grima comerlos, porque mira una taza de caracoles y veo una fosa común.

Igual me pasa con sus primas las babosas. Nunca me gustaron porque me parecían caracoles exhibicionistas; ahora en cambio me dan mucha pena: las veo desplazándose por los arriates, lentas, indefensas y tristes, y se me representan caracoles desahuciados.

Hay personas que por tener un carácter agrio, como el de la cotorra; tímido, como el del conejo; ladino, como el del cuco; o laborioso, como el del gusano de seda, admiran a estos animales y los tienen como mascotas. Mi mujer, en cambio, no me deja tener caracoles sueltos por la casa como a mí me gustaría, y le enfada que me sienta tan identificado con ellos. No sé por qué: no para de reprocharme que salgo mucho, que se me cae la casa encima. ¿No es lo mismo que les pasa a los caracoles?

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios