Termina el verano y con él sus largas jornadas no solo de diversión y de playa, sino de viajes y hasta de tedio. Las noches de verano son hermosas cuando conforme llega la madrugada refresca el ambiente y es posible conciliar un rato el sueño. Sin embargo este verano, bajo mi ventana, el fresco atrajo a un grupo de jóvenes que sin dejar de hablar, impedían que Morfeo me tomara entre sus brazos.

Escuchaba sus charlas sin poder entender qué era lo que deseaban comunicarse, porque cada uno iba a lo suyo, parecía uno de esos debates televisivos en los que nadie escucha a nadie excepto a sí mismo. Lo peor era que sus palabras eran grietas abiertas que me permitían penetrar en su interior para buscar qué había dentro. Me ponía a escuchar y a analizar el contexto en que estos chicos habrían crecido, tan lleno de superficialidad y tan carente de un fundamento que les permitiera desarrollarse como seres humanos útiles a la sociedad.

Antes de cada amanecer me convertía en una experta socióloga que investigaba e interpretaba una realidad que se me mostraba gratuitamente. Hablaban de todo y de nada. No eran capaces de construir frases con sentido. No solo con sentido común, sino con algo de coherencia. Daban voces discordantes sin dejar de lado ni el móvil ni la bebida. Con la mirada perdida permitían que la oscuridad que les rodeaba se hiciera una con ellos cerrándose a cualquier rayo de luz.

Me puse a pensar en el futuro de nuestras sociedades con una juventud tan "light" que se me quedaba el alma compungida mientras sus voces sembraban en mí una desesperanza inaudita. Me los imaginaba como carcasas donde no hay nada dentro. Carcasas con rostros humanos pero sin esencia. Recordé al espantapájaros y al hombre de hojalata de El Mago de Oz y me dieron ganas de ser Dorothy, calzarme unos zapatos rojos y llevarles frente al gran mago para que les diera un cerebro y un corazón. Luego, me dije, llegaría la razón y con ella el conocimiento, que daría paso a la sabiduría.

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