Los chinos y el jamón

Creo que las autoridades sanitarias deberían proteger las extremidades del cerdo ibérico más que las de Messi

EL mundo está cada día más loco. Llegan tres días seguidos de fiesta y el país se pone en movimiento: los del sur para el norte y los del norte para el sur, los de la costa en busca de la montaña y los de interior camino de la playa. Cuando veo la cantidad de coches que circulan en uno y otro sentido a todas horas, pienso en el negociazo que tiene el fisco con la gasolina y la venta de coches. Si se aprovechara bien esta inagotable fuente de recaudación, no harían falta tantos impuestos ni tantos gravámenes a las personas humanas. Porque la realidad nos demuestra que también existen las personas inhumanas que, además, son insaciables.

La globalización, como todas las cosas, tiene su parte buena y su parte mala. Bienvenidos sean los patés de foie franceses como alternativa al foie-gras antiguo, el salmón noruego, la pasta italiana o la mantequilla de calidad, pero cosas como las gambas de Huelva, el queso payoyo, las sardinas malagueñas, el aceite de oliva cordobés o el mosto de Umbrete son sagradas y deberían permanecer en el más absoluto secreto. La producción es limitada y la afición abundante. Con estos manjares ocurre lo contrario que con la mies y los obreros del relato evangélico.

Lo siento por los productores y exportadores del jamón ibérico, pero creo que las autoridades sanitarias deberían proteger las extremidades del cerdo ibérico más que las de Messi o las de Cristiano Ronaldo. Ninguna estrella de Hollywood posee unas piernas más bellas que un guarro de la sierra de Huelva ni lomos tan excitantes como los que lucen semejantes criaturas. El Creador echó en ellos el resto y puso su máximo empeño para disfrute de los creyentes.

Por eso pienso, sinceramente, qué necesidad tienen los chinos de comer jamón ibérico. Se trata de una cultura milenaria que ha conquistado logros que la historia valora en su justa medida y que no ha necesitado para nada comer jamón. Y el grave problema que se avecina es que el que lo prueba se engancha para siempre, porque el jamón bueno es una droga dura y crea adicción. Si ya de por sí no come uno todo el jamón que quisiera por razones económicas, piensen en las carencias que ocasionaría a los sufridos españolitos el incremento del precio del ya de por sí caro jamón de pata negra. Hay que advertirle a los chinos que es rico en colesterol y su organismo no está diseñado para metabolizarlo correctamente.

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