Tiene fama noviembre de ser un mes triste, melancólico, el mes de los muertos le llaman algunos. Octubre ya no es verano, aunque últimamente lo parezca, pero noviembre es la eclosión del otoño sin la menor duda. Las tardes se han acortado de manera evidente, el frío se hace patente por las mañanas y al anochecer los puestos de castañas nos transportan con su olor a los momentos más entrañables de la infancia. Noviembre es una especie de mes bisagra que engrana el desorden del verano con esa otra gran referencia que es la Navidad.

Para mí, noviembre no es un mes triste, ni siquiera lúgubre u oscuro, como algunos lo definen. Los amaneceres suelen ser luminosos, los crepúsculos de un rojo amarillento especial, incluso los días lluviosos tienen su encanto y ningún cielo es más azul que el que reluce tras una mañana de lluvia. Las playas se quedan vacías y, lejos de resultar tristes, se abre la posibilidad de disfrutar del mar, del paisaje de la costa, sin tener que soportar ruidos ni tener que sortear masas de veraneantes y turistas. En noviembre el mar se muestra tal como es, con sus inclemencias y bravatas, con sus orillas libres de sombrillas, hamacas y chiringos. Los pueblos costeros vuelven a su ser. Es posible disfrutar de sus tabernas, andar por sus calles, sentarse en sus plazas, pasear por el mercado de abastos y gozar del espectáculo de los puestos de pescados y hortalizas.

La ciudad también se ofrece más pura y más auténtica en noviembre. A pesar de la invasión de turistas que colapsa las zonas monumentales, quedan reductos a los que no llegan y que hay que salvaguardar. No se trata de exclusividad ni de elitismo, pero hay lugares y momentos que conviene preservar, que hay que proteger de la masificación para que no pierdan su encanto y estén solo al alcance de los iniciados. Los conventos de clausura deben estar abiertos a la intimidad, a la trascendencia, pero no al turismo de masas y a la banalización.

Noviembre para leer una vez más las leyendas de Bécquer y los poemas de Cernuda; por cierto, ¿qué pasa con el proyecto de su casa natal? Noviembre para volver a leer Las cosas del campo, de Muñoz Rojas; los relatos de Julio de la Rosa, de quien tomo el título para este artículo; o reencontrarse con los poemas de Alberto García Ulecia, ese gran poeta andaluz que se nos fue hace ahora quince años y que nunca habitó en mi olvido.

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