Si Eduardo Mendoza definió a la Barcelona que va desde la exposición de 1888 a la de 1929 como la ciudad de los prodigios, la Sevilla del último siglo podría calificarse como la ciudad de los proyectos. Y, por regla general, fallidos. Los sevillanos nos hemos acostumbrado a convivir con los fracasos y nos conformamos con las promesas. Cada cierto tiempo aparece un mago que saca un conejo de la chistera y nos sentimos encantados de habernos conocido y de mirarnos el ombligo, no en balde nuestra ciudad es la mejor del mundo.

Las efemérides y conmemoraciones sirven cuando existen unas bases para el desarrollo, pero aquí pensamos que será al revés, que las celebraciones serán el motor del progreso. La Exposición del 29 dejó la urbanización de la zona sur de la ciudad, pero también gran cantidad de edificios que el Ayuntamiento era incapaz de mantener. No sólo no relanzó la economía, sino que trajo consigo una gran depresión económica cuyas deudas ha estado pagando el consistorio a una entidad bancaria hasta hace solo unos años. Lo mismo pasó con la del 92. Ciertamente que han quedado los puentes y ciertas infraestructuras que, lógicamente, no se las podían llevar, pero quienes realmente ganaron dinero fueron empresas y empresarios de fuera que hicieron de Sevilla su patio de Monipodio. El dinero entraba por una puerta y salía por la otra. Prueba de ello es que al cabo de veintiséis años el paro no baja y cinco de los diez barrios más pobres de España están en Sevilla.

Nuestra ciudad lleva décadas viviendo de proyectos, no de realidades. El Metro, la SE-40, las alternativas al puente del Centenario, la comunicación por transporte público con el aeropuerto, la prolongación del tranvía, la ampliación del Museo de Bellas Artes, la restauración del Arqueológico y el de Artes y Costumbres Populares son algunos ejemplos. Y visto lo visto, casi es preferible que sea así, porque cuando algo se lleva a cabo, como las setas de la Encarnación o el estadio de la Cartuja, se convierten en una losa para la economía municipal. Algunos piensan que basta con construir las estaciones para que llegue el tren, pero olvidan que previamente hay que colocar las vías. Nosotros, los sevillanos, en tanto, preocupados por las alternativas a la carrera oficial, la reordenación del Martes Santo, la duración de la Feria o la marcha de nuestros equipos de fútbol.

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