HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Una claudicación

QUIENES veíamos en Dinamarca durante la dictadura de Franco un ejemplo de nación civilizada, no podemos sino lamentar que un periódico danés haya pedido disculpas por reproducir las caricaturas de Mahoma del dibujante Westergaard, publicadas por primera vez hace cinco años en el Jylliands-Posten y que han supuesto una condena a muerte para el autor, a sus 74 años, un atentado frustrado y un encierro con vigilancia de seguridad y escolta en su domicilio. Las opiniones en Dinamarca andan encontradas: unos dicen comprender la claudicación para conjurar las amenazas y evitar los tribunales, mientras otros la consideran fruto del miedo en un país donde la libertad de expresión era una conquista que nadie le había regalado. El propio dibujante habla de haberse traicionado la obligación de informar libremente y de la situación absurda de venderse a la intolerancia y a la violencia del terrorismo islámico.

Hemos leído una entrevista a Westergaard y nos sentíamos reconfortados al ver que en Dinamarca no se arrodillaban, como en España, ante las exigencias del islam belicoso, cada día con más adeptos e invasores imparables de Europa, que pretende darnos lecciones morales por las buenas de los tribunales o por las malas de las condenas a muerte y las bombas. Los aviones estrellados sobre Nueva York, la no aclarada voladura de los trenes de Madrid o el colegio de Beslán, mantenían la resistencia danesa en defensa de sus conquistas sociales. El dibujante de las caricaturas aceptaba su situación de proscrito en su propio país por sentirse amparado por las leyes y sus compatriotas, y porque sabía que era necesario resistir para preservar un modelo de sociedad libre. No le faltarán apoyos en Dinamarca, Europa y el mundo civilizado, pero la claudicación de un periódico ha quebrado una cohesión que debió ser firme.

Lo más lamentable de la situación es que se ha abierto la veda contra un cristianismo que sufre con paciencia las arbitrariedades de la prensa y de los artistas y escritores sin talento, aunque listos, y que ve pregonados los fallos de unos pocos de sus miembros y no la labor humanitaria que hace en todo el mundo. La batalla ganada por el peor islamismo en una guerra mundial no declarada la ha perdido la civilizada Europa, que tuvo hasta tiempos recientes sus guerras civiles y europeas para que la catarsis de la tragedia le hiciera reconsiderar su autodestrucción. La destruirán otros. Westergaard dice sentirse en una guerra en la que no se sabe dónde está el frente. Es cierto, y ese desconcierto que lleva al pesimismo es compartido por muchos europeos. Hay, sin embargo, un frente claro: resistir las amenazas del islamismo extremista para defender una manera de vivir que ha costado siglos y sangre, y no renunciar a la libertad de analizar y criticar hasta lo más sagrado de las creencias religiosas.

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