En tránsito

eduardo / jordá

Que coman croissants

EL jueves pasado, a la hora de la comparecencia de Mariano Rajoy en el Congreso, vi a un señor saliendo del supermercado con el oído pegado al transistor. Luego pasé frente a un grupo de pintores que trabajaban en una fachada, y ellos también estaban escuchando la sesión parlamentaria en un transistor. Hace cinco o seis años era inimaginable que alguien escuchara el transistor si no era para un partido de fútbol. Ahora una soporífera comparecencia parlamentaria atrae el interés de miles y miles de personas que en otro momento jamás se habrían preocupado de prestarle atención.

Han cambiado muchas cosas en estos últimos años, y el ciudadano medio ha hecho un máster a distancia en Economía y Ciencias Políticas. A partir de ahora va a ser muy difícil que se la den con queso. Y si la clase política no se da cuenta y actúa en consecuencia -y con ella, todos los demás grupos que forman el entramado del poder: financieros, Casa Real, grandes empresarios, magistrados del Tribunal Supremo, invitados VIP del palco del Bernabéu, etcétera-, las consecuencias van a ser muy desagradables para todos nosotros. Ya no existe el ciudadano crédulo al que Aznar o Zapatero podían convencer con unos cuantos juegos de manos dialécticos y dos o tres consignas muy sencillas y un par de gestos teatrales. Esa época política ha muerto. E incluso los militantes de los partidos políticos, si no dependen para su subsistencia de un cargo orgánico, se han vuelto mucho más críticos con sus dirigentes y sus propuestas. Y a esos militantes ahora tampoco se la dan con queso.

Cuando le dijeron a María Antonieta que su pueblo se quejaba porque no tenía pan, la reina contestó impertérrita: "Pues que coman croissants". La pobre mujer -y lo digo porque a los dos años le cortaron la cabeza en la guillotina- vivía tan enclaustrada en su mundo de aristócratas disfrazados de pastorcitos que ni siquiera sabía que la gente normal no había visto nunca un croissant. Y nuestra clase política vive encerrada en ese mismo mundo ilusorio de María Antonieta y sus croissants. Cree que puede controlar con su sistema de cuotas todos los organismos del Estado -desde los jueces del Tribunal Supremo a los magistrados del Tribunal de Cuentas que supervisan las finanzas de los partidos-, sin darse cuenta de que la gente ya no se traga esos mangoneos. El ciudadano medio que escucha el transistor sabe muy bien cuál es la diferencia entre el pan y los croissants. Y eso, justamente, es lo que no saben los políticos.

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