La historia reciente de España está siendo pervertida a marchas forzadas. El último ejemplo es la conmemoración del décimo aniversario de la derrota de ETA. Lo más significativo que hay que anotar en torno a ella es la operación de blanqueamiento emprendida por Arnaldo Otegi, uno de los más notables tontos útiles de los terroristas, en una operación, contemplada con agrado desde la Moncloa, que tiene como objetivo último convertirlo a medio plazo en lehendakari y asegurarle a Sánchez los votos de los herederos de la violencia cuando le hagan falta para garantizar su estabilidad.

La historia se pervierte cuando se intenta echar un manto de silencio sobre los cómplices que acompañaron el más de medio siglo de actividad terrorista. Sin esos cómplices -los que ponían la cara como Otegi, pero también los que actuaban entre bambalinas escondidos tras otras siglas y colectivos- ETA no hubiera durado tanto ni hubiera hecho tanto daño. Conviene que alguien diga con claridad que la banda terrorista fue lo que fue porque encontró un ecosistema en Euskadi, que abarcaba desde las parroquias a la universidad pasando por las escuelas, que aplaudía la violencia. O que con la democracia asentada y con el PNV con años en el Gobierno vasco el principal dirigente de este partido, Xabier Arzalluz, hablaba con increíble frialdad de los que movían la rama para que otros recogiesen las nueces. También es necesario que quede claro para las nuevas generaciones, que lo ignoran todo porque nadie les ha explicado nada, que durante décadas Francia fue refugio seguro para los terroristas gracias a presidentes como Giscard d'Estaing, que utilizaba la presión terrorista en sus relaciones con España como ahora Mohamed VI utiliza la de los migrantes. Y que hubo también una importante masa de personas en el territorio vasco que prefirieron mirar para otro lado durante el larguísimo periodo de actividad de la banda y se refugiaban en el "algo habrá hecho" cada vez que un guardia civil, un policía o un concejal moría destrozado por las bombas o las metralletas.

Sin hablar de los cómplices, los más activos y los otros, es imposible entender qué fue ETA y por qué costó tanto trabajo vencerla. Porque su final, y esa es otra de las verdades que hay que asentar, no fue fruto de ninguna negociación buenista, sino una derrota gracias a la eficacia de las fuerzas de seguridad y de los servicios de inteligencia y que a una parte de la sociedad decidió decir basta ante un sufrimiento que no parecía tener fin. Pero esa es otra historia, que también merece ser contada.

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