La columna

Bernardo Palomo

La condición de la gente

Hoy acaba el puente por antonomasia; el más esperado y el más largo, el añorado y en el que muchos ponen su mayor ilusión. Un puente que por culpa de los acontecimientos se ha convertido en un asunto totalmente de Estado. Por culpa de los acontecimientos no, los culpables han sido los miembros de ese cuerpo innoble de trabajadores que, sabiendo la fecha que era, se han plantado y han convertido los aeropuertos en auténticos campos de refugiados. Un cuerpo de privilegiados que han estado acostumbrados a hacer lo que siempre han querido y que, ahora, porque los dirigentes han cumplido con la Ley ponen el grito en el cielo buscando la comprensión que no merecen y que de seguro se la van a dar cuando, los politiquillos de turno asuman su contraria realidad y se enfrenten a las decisiones del Gobierno. El fin de semana de los aeropuertos ha servido, además de para que ese grupo de desalmados se cargue la ilusión de muchos, para comprobar como la ciudadanía es de una naturaleza infinitamente buena. Lo que los controladores han posibilitado con su innombrable actitud: gente hacinada en los aeropuertos, ilusión por los suelos - piénsese, sobre todo, en tantas criaturitas que no han podido ir a sus países a ver a sus familias -, muchísimo dinero perdido… era para quemar las torres de control; sin embargo, la gente sólo manifestó su pesar, sin perder demasiado las formas. Claro que siempre hay una mierda para un tiesto como decía mi abuela. Un niño de poco más de ocho años - lo digo porque de esa edad son mis alumnos - decía con todo el desparpajo del mundo ante una pregunta del periodista: "la culpa la tiene Zapatero" y añadía: "Zapatero, dimisión". Su papá, mientras tanto, se enorgullecía de la sabiduría espontánea de su vástago. Al mismo tiempo, el señor Rajoy, probablemente, se frotaba las manos y soñaba con un domingo de urnas.

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