Tierra de nadie

alberto Núñez Seoane

El condón parlamentario

ME refiero, ya saben, a ese sufrido y discreto artilugio -el preservativo- del que pocos hablan pero muchos usan, cuando se quieren evitar resultados muy 'abultados', y no deseados, y/o contagios por enfermedades de transmisión sexual. Bien, pues al parecer, en el Congreso de los Diputados, "sede de la soberanía popular" -eso nos repiten, a ver si nos lo terminamos por creer- se ha instalado, y lo ha hecho de modo permanente y continuado, un enorme condón.

El preservativo en cuestión está bautizado, tiene nombre y todo: se llama Tancredo -espero que ninguna de sus señorías tenga este nombre, "nombra", de ser así, de antemano le pido disculpas, pues no es mi intención particularizar esta crítica en nadie concreto-, en alusión al Don Tancredo, personaje que, en ciertos festejos taurinos, permanecía quieto como una estatua en el centro del coso esperando la salida del toro por la puerta de chiqueros. Y, hay que reconocer que el nombre está bien puesto, sus señorías -y 'señoríos'- parecen tener la creatividad atenazada, la imaginación enjaulada, la innovación enquistada y la capacidad de adaptación enclaustrada: el inmovilismo enfermizo de su estrategia (¿?) política es tan apoteósico como sorprendente, dañino y frustrante.

A Tancredo lo utilizan la inmensa mayoría de sus señorías. Parece que les encanta ponérselo por montera y conseguir que los acontecimientos les sean indiferentes, que no les afecte la realidad, que sus mentes no se 'contagien' con ideas nuevas, frescas y regeneradoras; sólo el logro, o conservación, de sus intereses, personales o de partido, son capaces de lograr que alguno de ellos cambie el paso doble y se ponga al mundo por montera, en lugar del sufrido Tancredo.

Está el que perdió las pasadas elecciones y llevó a su partido a los peores resultados de la historia: sigue de candidato, las mismas palabras, iguales incumplimientos, los mismos reproches, las mismas mentiras… será, digo yo, para intentar batir el récord y tratar de caer por debajo de los 80 diputados… ¡seguro que lo consigue! Mientras, los parlamentarios que lo mantienen donde está, pero no debería, siguen callados, obedientes y resignados; y es que ¡Tancredo lo puede todo!

Está el que ganó, pero fue luego incapaz de formar una mayoría para poder gobernar; ahí sigue, enfundado en el parlamentario preservativo, ajeno a lo que unos y otros le dicen o le gritan: ceder paso a quien pueda lavar -con lejía y amoniaco- la patética imagen que la corrupción ha dejado en su partido, mandar a descansar a las momias que lo controlan, introducir 'primarias' para la elección del propio candidato -es sólo un poco de democracia, no mucha, no se asuste-. Inamovible en sus logros económicos, indiscutibles, pero insuficientes. ¡Aaaapa Tancredo!

Está uno de los que vino de nuevas, pactó con quien perdió, para hacerlo presidente, pero no fue capaz de contribuir a desbloquear un atasco institucional -que es para lo que vino- ahí continúa: plastificado, a cubierto de cambios que lo hagan ágil y práctico. ¡Hurra por Tancredo!

Está el otro, que aterrizó, de la nada, como un elefante histérico en una mala cacharrería, subvencionado con dinero de sangre, de opresión, de mazmorra inquisitorial y dictadura; inamovible en sus promesas imposibles, con sus panfletos hipócritas y groseros, encerrado en planteamientos falaces, irrespetuosos, excluyentes y violentos. ¡La hostia, Tancredo!

Están los que vienen en caída libre desde hace varias -muchas- legislaturas, sin hoces y a martillazos, atontados por el aislamiento que Tancredo les proporciona, con dos exiguos diputados, no se les ocurre otro 'cambio' que intentar pactar con quien los quiere, y los va, a devorar… ¡Único Tancredo!

¡Todos, envasados al vacío, "en marcha", para que nada cambie! La prevalencia de un protagonismo enfermizo aderezado por la defensa, numantina y obsesiva, de los intereses que mantienen sus traseros entre algodones, business, dietas, privilegios y prebendas, hace de Tancredo el recurso imprescindible al que nuestros protagonistas acuden para hacernos creer que nos escuchan, mientras siguen a lo que en verdad les motiva: ellos, ellos y ellos.

Habida cuenta de los usos y costumbres observados, por sus señorías, del 'arduo' trabajo desempeñado, por 'ellos', y de los resultados obtenidos, por 'los mismos'; en función, digo, de la imperiosa necesidad, más que demostrada, que de Tancredo tienen las mencionadas señorías, que se sientan, bien sentados, para no gobernar -o sea, trabajar por y para nosotros, los ciudadanos-, tengo a bien proponer al jefe del Estado que haga oídos sordos al próximo aspirante que se presente en La Zarzuela enfundado en el parlamentario preservativo y nombre a cambio candidato, en razón de los méritos cosechados, al susodicho Tancredo. Seguro que el íntimo contacto mantenido durante estos cuatro meses, con tan variopintas y contumaces gentes, le habrán proporcionado leal saber y la capacidad de bien entender y actuar, en favor de quien merecido lo tiene.

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