Relatos de verano

Jorge Duarte

El confesionario (VI)

Resumen de lo publicado. El protagonista, disfrazado de cura, está confesando en una misa de funeral. Al confesionario acude un mafioso, quien revela un asesinato a sangre fría, además de traficar con drogas a gran escala. Acto seguido, la viuda del funeral confiesa que su amante, hermano del difunto, fue quien mató a su marido, y que desde entonces la maltrata físicamente. Precisamente el amante es el siguiente en confesarse. Mientras detalla el asesinato, el falso sacerdote lo graba con el móvil. Al poco tiempo vuelve el traficante. Está borracho y le dice al cura que ha venido a pedirle un favor.

DE qué favor se trata, hijo? –pregunté.A lo que repuso el traficante:–Hay alguien a quien quiero que usted bendiga, padre. Él no puede venir, pero está ahí mismo –apuntó con su dedo a los congregantes. 

–Será mejor que venga él en persona, no puedo hacer excepciones con nadie.

–Se trata de mi socio, el que se encargaba de los trabajos sucios. Ya le prevengo, padre, que tiene en su haber pecados parecidos o peores que el de la cal viva –añadió, haciéndose el gracioso.

El hombre bebió de la botella de güisqui y a continuación me la ofreció, aproximándola a sólo un palmo de mi cara.

–No bebo cuando estoy de servicio –solté medio en broma. 

El capo arrugó el entrecejo y me replicó:

–¿No irá a rechazarme una invitación, verdad? Porque si hay que ponerse de mal humor, no tiene más que decirlo… –y abrió su chaqueta con teatralidad, mostrando un revólver bajo su sobaco. 

Sobrecogido, no tuve más remedio que agarrar la botella de JB y darle un sorbo de compromiso; pero el tipo, justo antes de que la retirara de mis labios, agarró el culo de la botella e introdujo su cuello hasta mi tráquea, volcando una cantidad desorbitada de güisqui en mi garganta. Cuando al fin la soltó, empecé a toser con violencia, mientras intentaba, infructuosamente, tomar aire para sofocar el ardor que consumía mi esófago. No contento, me tendió un cigarro puro de considerable tamaño, lo acopló en mis labios y le prendió fuego. 

–¡Esto hay que celebrarlo como Dios manda, padre! –expresó con efusividad, pero sin abandonar los lindes del murmullo–. No se hace una idea del peso que me ha quitado de encima. ¡Vamos, eche otro traguito, camarada! –y volvió a tenderme la botella con ese espíritu festivo que me estaba poniendo de los nervios.

–No, hijo, por hoy ya he tenido bastante –contesté, mientras apartaba la botella en mitad de una arcada. 

El capo arrugó el entrecejo y me clavó una mirada asesina, por lo que agarré la botella y le dí otro trago, con la suficiente liberalidad como para evitar que volviera a enchufármela a la fuerza. Acto seguido aspiré una profunda calada del puro, como antídoto a este segundo lingotazo, que ya desembocaba bruscamente en mi estómago, vacío desde que digiriera el desayuno, allá por el siglo pasado.

–Quédese la botella –ordenó el capo. Sin dar tiempo a que protestara, cerró las ventanas frontales del confesionario y me dijo a través de ellas–. Le llevaré hasta mi socio, míster –y, dirigiéndose a la cola, ordenó–. No se muevan de aquí, en un minuto os traigo al cura de vuelta —. Fue entonces cuando, para mi estupefacción y la de todos los circundantes, empujó el confesionario con ambas manos y lo hizo rodar dirección al altar.

Los feligreses que guardaban cola, contraviniendo la orden del mafioso, comenzaron a seguir al confesionario, que se deslizaba lenta y silenciosamente por el pasillo lateral. Algunas mujeres se levantaron de sus asientos y se unieron a la pequeña procesión con espontaneidad; al momento y al unísono arrancaron a llorar, justificando de este modo su presencia en la comitiva. 

Yo, queridos lectores de este portentoso diario, (que no falte el peloteo), aterrado por las consecuencias de semejante despropósito, fumaba y bebía güisqui con creciente prodigalidad. En cuestión de segundos, un pestilente y denso humo saturó el habitáculo, haciéndose completamente irrespirable. Mis ojos lagrimeaban con profusión y tosía como un tuberculoso en un fumadero de opio. A toda prisa abrí las celosías y me puse a ventilar el interior con el faldón de la sotana. Mientras tanto, el confesionario avanzaba flemático e inexorable hacia el altar, seguido de una multitud meditabunda. De los ventanucos laterales de aquel artefacto de hojalata, que en nada se asemejaba a un confesionario, excepto porque tenía una cruz en lo alto, empezaron a salir bocanadas de humo de tabaco, como procedente de incensarios, dejando una estela de irrealidad tras de sí. La comitiva, cada vez más numerosa, se vio envuelta en una especie de bruma misteriosa, otorgando al insólito ritual una plasticidad hechizante, muy al estilo de las películas de Bergman. Los congregantes y el propio don Anastasio, que había detenido la misa, observaban la procesión con suma expectación, santiguándose a su paso. Un grupo de ancianas, vestidas de luto y mantilla, se levantaron de la primera bancada y se acercaron al confesionario mientras entonaban, casi en susurros, unos rezos en latín. El organista intentó acompañar aquella lúgubre música, pero sólo acertó a hacer sonar acordes aislados, asincopados y disonantes. Únicamente los llantos y gemidos que envolvían la procesión parecían encajar perfectamente en la armonía de aquellos cánticos. Tuve la siniestra sensación de estar escoltado por la mismísima Santa Compaña. 

El confesionario se detuvo al fin, junto al altar. Los asistentes se pusieron en pie, participando a su manera en el improvisado culto. La viuda se encaminó, sollozante, hacia la cabecera de la procesión, que se abrió para cederle un sitio honorífico. 

El movimiento blando de aquel extraño viaje y la repugnante nube de humo en la que estaba inmerso, me habían descompuesto las entrañas, aturdido y hecho perder todo sentido de la orientación. 

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