Tiene que llover

Antonio Reyes

La crisis

Llevaba un tiempo sin hablar con Burguitos, mi oráculo, la persona con más sabiduría vital que conozco. Hace unos días lo llamé. Tras los saludos iniciales, fui directamente al grano: "Burguitos, ¿cómo ves la cosa por aquí, por este pueblo de María Santísima en el que vivimos?". "La cosa no está para tirar cohetes", me dijo a bote pronto. "Cohetes, lo que se dice cohetes, tuvimos unos cuantos el día de la Merced", le dije en tono jocoso. "No te hagas el gracioso. Cuando los problemas de un pueblo se soslayan con pirotecnia, puede llegar el día en que la explosión sea ya irremediable", sentenció.

Lo veía acelerado, como si tuviera necesidad de recuperar el tiempo perdido. Para serenarlo, quise poner algunos paños calientes. "Burguitos -le dije-, la crisis es la crisis y afecta a todos los rincones del mundo. Mira lo que pasa en Estados Unidos, en los Países Bajos, en Inglaterra… Si ocurre allí, lo normal es que nosotros también la padezcamos", dije conciliador. "En eso llevas razón, criatura, me dijo algo más sereno. Pero el problema no es la incapacidad de un pueblo para encauzar por sí mismo una cuestión de orden económico internacional. El verdadero problema es sentar las bases, poner los cimientos, saber hacia dónde vamos, tener bien definido, como dicen los políticos, un plan de ruta que nos permita, cuando los vientos de la crisis amainen, llevar el barco a buen puerto. Y eso es lo que nos falta, introducir los datos precisos en el GPS para orientar con acierto el futuro. Y hasta el momento, no veo más que confusión, mucha confusión, excesiva propaganda y abundante jarana". Un poco turulato me quedé con su parrafada y, sin tiempo aún para reponerme, como un tifón de esos que asolan las costas del Pacífico, continuó: "No sé lo que pasa en este pueblo, pero llevamos muchos años sometidos al vaivén de las corrientes, sin timón, sin rumbo, sin saber, con frialdad y precisión, lo que queremos y el tipo de ciudad que necesitamos en el futuro".

El Katrina era un juguete a su lado. "Menos mal, siguió imparable, que tenemos con que distraernos. Que si al Obispo lo nombran supercapellán del ejército; que si las bodegas ahora quieren apostar por lo que nunca han hecho, por el vino; que si el año próximo iremos a Fitur; que si las motos entrarán en el centro; que si tendremos dos ferias; que si Ikea está en marcha; que si ya tenemos pregonero de Semana Santa…". Tomó aire y al instante el vendaval regresó de nuevo paso a su boca: "¿Sabes cuándo va a comenzar a enderezarse todo esto?", me preguntó. "¿Yo, cómo voy a saberlo, si soy un pobre mindundi? Dímelo, por favor, te escucho con atención", le supliqué. "Muy sencillo -me dijo irónico-, el día que Nuchera, ese sevillano de nombre extraño, compre el Xerez CD, el gran problema de esta ciudad. Ese día, todos respiraremos tranquilos, incluidos nuestros veintidós mil parados, aunque ellos no tengan ni para ir al fútbol". "Pero Burguitos…", balbuceé. "Que Dios nos coja confesados", concluyó.

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