Tribuna Cofrade

Salvador Gutiérrez Galván

Domingo de Resurrección, Domingo de conversión

¿QUÉ te dice la palabra conversión? Tradicionalmente el incidente de Saulo de Tarso y su repentina caída del caballo hacia el camino de Damasco ha sido el que mejor representa iconográficamente este término. Sin embargo, yo creo - y es una opinión muy personal – que en realidad no fue tan apresurado y fugaz como relatan los Hechos de los Apóstoles. A mi entender Saulo, antes de ser abatido por aquel resplandor en el cielo, ya  rumiaba algo. En cualquier caso, quiero compartir contigo esta duda razonable y traerla a esta sociedad en la que nos ha tocado vivir. ¿Cómo podemos testimoniar hoy un caso de conversión? Para muchos esta palabra es tan retrógrada como malograda. ¿Puede cambiar alguien de la noche a la mañana así porque sí? Yo quiero entender hoy, aquí y ahora el término ‘conversión’ como un cambio en la persona, que se va forjando a fuego lento a base de constancia, esfuerzo y voluntad. Entiendo la conversión, no como el milagro fulminante de Saulo – que también – sino como aquel otro maravilloso milagro que puede transformar, siempre así a fuego lento, el corazón de una persona. Y me niego a reconocer, aunque me cueste a veces, aquello de que la cabra siempre tira al monte. Para mí, lo realmente importante de este pasaje neotestamentario es la voz que desde el cielo susurra: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.

Hace dos días me monté en un taxi. Todavía el cielo resplandecía con muy pocas nubes como para edulcorar la mañana, en cualquier caso, tranquila.  De forma imprevisible el conductor, muy malhumorado, reprendió con todo tipo de improperios a un señor anciano que daba marcha atrás con su vehículo. No había riesgo alguno de colisión. Sacó la mano por la ventanilla, hizo sonar su claxon y le recriminó su despiste con repetidas ofensas. Después, al llegar a una rotonda, superó apresuradamente a otro vehículo para desaprobar el hecho de que la conductora no hubiera señalizado correctamente. También la insultó, acordándose de buena parte de su familia. La actitud de este hombre frente al volante de su propia vida me hacía reflexionar de camino a mi destino. Un nuevo atasco en una calle y otra ristra de incómodos pitos, desaires y arrebatos hacia los demás y hacia él mismo. Era, pensaba, la vida misma de los que, como yo, necesitan buena dosis de conversión. Y en ese momento permaneces en silencio con la mirada perdida en la ventana, reconociendo en tu miseria la falta de arrojo para decidir, actuar u obrar un gesto que aporte esperanza y luz a la situación. Y sufres al dudar entre tu determinación y esa cobardía que te hace desear que el tiempo pase rápido. Vuelvo la mirada al otro lado del vehículo buscando en esa otra avenida el sosiego a tal incomodidad. Y caigo en la cuenta de que es un buen momento para la oración.

Así es la cotidianidad de nuestras vidas a la espera del Domingo de Resurrección; domingo de conversión. “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios