Tierra de Nadie

Alberto Núñez Seoane

Decir o no decir, esta es, ahora, la cuestión

Las redes sociales, fuentes de todo tipo de opiniones. Las redes sociales, fuentes de todo tipo de opiniones.

Las redes sociales, fuentes de todo tipo de opiniones.

Sí , esa es la cuestión. Porque casi todos estamos hasta la mismísima coronilla de ver, oír, comprobar y sufrir, como se dicen estupideces, se proclaman quimeras, se alardea de mentiras, se prometen imposibles o se presume de bellaquerías. Lo soportamos todos los días, da igual que sea el político de turno, el funcionario al que le toque, el artista que se quiere promocionar, el famosillo que nos castiga o el aspirante que se cuela, da igual; el caso es que la andanada cotidiana de mamarrachadas que se nos cae encima, después de cada mañanero desayuno, se está convirtiendo en poco menos que insufrible. Todo, porque en este país la hipocresía, el desinterés, la abulia o la cobardía, se han erigido, hace mucho tiempo ya, en las indecencias que, sustituyendo a valores y virtudes, definen la actitud de la inmensa mayoría de sus gentes.

Si razonas, deduces y dices luego lo que piensas, de modo inevitable tendrás que criticar, enmendar o descalificar al mediocre que esté de guardia. Si tienes la suerte de poder escribirlo, y que alguien lo lea, tus opiniones harán mella más profunda en aquellos que se sientan aludidos. Decirlo… desahoga, aunque sea un poco; es como aliviar, en algo al menos, la fastidiosa carga de necedades y cinismos con los que se nos recibe cada jornada. Escribirlo… alivia, bastante más; dejar constancia, pasajera o no, de lo que debería inquietar la conciencia de quien no la tiene, pero altera la tuya, supone una descarga emocional que, con bastante probabilidad, evita coquetear con el desánimo, enrolarte en la desesperanza o intimar con la indignación. Por eso, en parte, lo hago; a pesar de que sentarte delante de un teclado para recordar, resumir y expresar las bajezas que nos condicionan o las miserias que nos hieren, exige implicarte en cierto modo en todo aquello que abominas y que te repugna: no hay otra manera de conocer e informarte, para poder así plasmar con la máxima honestidad lo que consideras denunciable, modificable, detestable o inasumible. El desgaste lo sufres, y es acumulativo.

No molestas si no dices lo que incomoda, no incordias si no escribes lo que disgusta. Pero... ¿y tú? “Toda conciencia es conciencia de algo”, dijo J.P. Sartre: ¿qué ocurre contigo si decides no escribirlo, cuando tu conciencia responsable, no la otra, te lo pide?, ¿puede llegar un momento en que la densidad de despropósitos sea de tal magnitud que resulte más sano para el escribiente sobreseer que insistir?, ¿se puede aceptar y tolerar con dignidad un silencio “obligado” o terminarás por sentirlo cómplice?

Como en todo, las opiniones son múltiples y variadas: hay quien me anima a seguir “rajando” y quien llama a la calma, está quien felicita con efusión las críticas o denuncias y quien recomienda un curativo alejamiento de la machacante realidad. Pienso que cada uno de los distintos criterios tienen su parte de razón, el problema es que, para este caso, no sirven las decisiones intermedias: no puedo entrar y salir a mi antojo de la realidad que me rodea. Puedo aislarme de ella, ¡claro!, alterar la escala de valores cotidianos y, con ella, cambiar la circunstancia que me condiciona en este aspecto; o puedo vivirla, rebelarme contra ella -no quedaría otra-, despellejarla y dejarme las ganas en intentar, en la medida de mis humildes posibilidades, cambiarla. Puede que después de muchos años fuese conveniente probar… caminar por otra orilla -no por “la” otra, si no por otra-, no sé…, pero me inquieta no poder “regresar”, si en su momento fuera esto lo que decidiese.

No es cansancio en mi actitud, es desaliento por el continuado ultraje a la coherencia y el desprecio a lo digno, por la ignorancia intencionada de la honestidad y la lealtad; es postración ante la más que evidente decadencia de nuestra especie; es, también, abatimiento por la imparable cosificación de la condición humana.

Tal vez no se trate de decir o no decir, si no de “Ser o no ser”, puede que, como escribió Shakespeare, sea esa la cuestión.

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