DOS golpes letales donde más le duele, en lo económico y en lo militar, han servido para que se hayan levantado voces proclamando lo que parecen señales evidentes del deterioro de la primera potencia mundial: Estados Unidos. Hablar de declive puede sonarles a muchos a exageración. Pero a nadie escapa que las últimas horas no están siendo precisamente las más óptimas para el gigante norteamericano. La fecha del 6 de agosto de 2011 ya ha sido grabada en los anales de la historia estadounidense. Washington asistió en esa jornada a dos zarpazos cuyas sacudidas se dejaron sentir en la Casa Blanca: el poderío de Wall Street y el del Pentágono sufrieron lo suyo. En primer lugar, EEUU ya no pertenece a la élite de los países cuya deuda soberana posee la máxima calificación, la de la triple A. La agencia Standard & Poor's rebajó la nota en un hecho histórico. Pero no fue el único. Eso ocurrió en el parqué. En la encrucijada afgana, a miles y miles de kilómetros, el orgullo militar estadounidense quedó hecho trizas al sufrir el peor desastre de la guerra contra la insurgencia talibán: 31 soldados de EEUU y siete afganos perdieron la vida al estrellarse un helicóptero que previamente había sido cazado por el disparo de un lanzacohetes. Es obvio que se trata de dos cuestiones desconectadas, la del varapalo financiero y el ataque militar, pero la coincidencia empuja, sobre todo en los foros internacionales y desde luego con pesadumbre en los socios más activos de la Casa Blanca, a preocuparnos por que estemos asistiendo a una etapa alicaída de la Administración Obama. Desde luego, es inoportuno. Porque el deterioro de EEUU -y la imagen que de él pueda ofrecer la todavía potencia número uno-, no es desde luego un asunto interno. Los dolores de cabeza de Washington contagian un indeseado ataque de migraña al resto del planeta. Se está viendo estos días. El imperio renquea, es vulnerable. Y es hora de preguntarse cómo puede afectar esa nueva condición al actual, y futuro, orden mundial.

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