Desde la ciudad olvidada

José Manuel Moreno Arana

Un derribo positivo

EN el siglo XVII el historiador jerezano Fray Esteban Rallón calificaba de "hermoso anfiteatro" a la plaza del Arroyo y su entorno. Rodeada de cuestas que confluyen en ella, a su alrededor se asientan entonces y ahora destacados edificios, creando quizás las vistas más bellas desde el interior de la vieja ciudad medieval. Pero será en el XVIII cuando en esta plaza se levanten, en sus extremos, los grandes hitos arquitectónicos que aún siguen marcando su configuración urbanística: la antigua Colegial y el Palacio Bertemati. La construcción de este último por la familia Dávila conllevó la adquisición de diferentes manzanas de casas y la anexión de estrechas callejuelas. El resultado fue una amplia fachada, adornada con dos monumentales portadas, que es una valorada muestra de la arquitectura civil barroca de Jerez.

En el siglo pasado el desarrollismo franquista colocó a una pareja de gigantes en la "gradería". Unos invitados indeseados que con sus cuerpos feos y desgarbados se asoman con desvergüenza a la plaza sobre el palacio rococó, al que parecen querer pisotear y ahogar. Son el ambulatorio y la antigua sede de la ONCE. El primero se mantiene en funcionamiento, aunque con una decreciente actividad. El segundo hace tiempo que perdió su uso y quedó en una peligrosa ruina. En estas últimas semanas se está procediendo a su demolición. Una iniciativa municipal que, en este caso, sí hay que elogiar y que además se basa en el PGOU, por el cual está catalogado como inmueble "fuera de ordenación". Este mismo documento establece semejante clasificación respecto al ambulatorio, si bien es lógico y razonable pensar que habrá que esperar a mejores tiempos para una hipotética actuación, que debería al menos rebajar la altura de este deforme coloso superviviente.

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