Llego día tarde, lo sé. Discúlpenme, he estado un tanto ocupado. También de fiesta, tengo que reconocerlo. Puede que todo ello tenga que ver con que en las casas modestas celebramos mucho cualquier buena noticia. Ayer, sin ir más lejos, muchos nos reunimos porque era el Día Internacional del Flamenco, nuestro día, el de todos los que amamos y sentimos este arte. Desde que existe este día, les aseguro que trato de tomármelo muy en serio. Este año incluido. Resulta que lo celebramos porque el 16 de noviembre de 2010 nuestro arte quedó inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Hay que ver qué desastres somos. En un tiempo en que cada cosa y cada causa, hasta las más impensables, tienen su día en el calendario, nosotros no lo teníamos ni nos habíamos preocupados por tenerlo. Tuvo que llegar lo de la UNESCO para que, por fin, ocupáramos un espacio propio en el calendario. ¡Albricias! El intelectual y burgués antiflamenquismo patrio, al igual que la sociedad bien pensante, de una manera tan histórica como lacerante, nunca nos ha considerado; pero, mire usted, ahí fuera nos quieren. Y nosotros, entre nosotros, también nos queremos y, como dije, aprovechamos la efeméride para, con la excusa, encontrarnos, proclamar la grandeza de nuestro arte y el orgullo que sentimos por él. Cada uno a su manera. En mi caso nunca puedo evitar recordar a los mayores, que dejaron su vida por el flamenco, además de innumerables aportaciones que lo han ido enriqueciendo. Mas la evocación del pasado no nos debe robar el disfrute del presente. El arte flamenco habrá cambiado mucho y dejado muchas cosas en el camino, pero sigue vivo, muy vivo, en centenares de artistas de cante, del toque y del baile que siguen existiendo por y para este arte. Son los que ahora nos toca apoyar. Pero, sobre todo, brindemos. Por ellos y por los de antes, larga vida a este arte grande.

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