Nos han hecho creer que vivimos en una democracia por el simple hecho de poder depositar un voto cada cuatro años. Lo que ocurra de ahí en adelante todo está justificado y para nada se tiene en cuenta la opinión del ciudadano. Los profesionales de la política, que para eso viven de ella, saben manejar perfectamente los resortes que la ley electoral les facilita para hacer y deshacer, no según los intereses del electorado, sino los propios y del propio partido.

Cada vez que hay elecciones se habla de reformar la ley electoral, de la necesidad de primarias como en Francia para evitar el chantaje de las minorías, de lo injusto de la ley D'Hont, pero nadie se mueve en mejorar lo mejorable. Pasa como con las tecnologías en el fútbol: no se aplican porque beneficia a los grandes.

Con todo ello, no hay mayor dictadura que la de la aplicación generalizada de lo políticamente correcto. Nadie puede salirse de madre y pensar de forma diferente. El que se mueve no sale en la foto. Hay temas en los que no es posible opinar de manera diferente a la oficial. Opinar sobre ciertas cuestiones, aunque uno no vaya en dirección contraria a lo que es obvio, justo y rechazable, supone un riesgo tal que uno se lo ha de pensar dos veces ante la posibilidad de molestar sin pretenderlo. Tampoco hay que dejar de lado las posibles consecuencias que puede traer consigo el manifestar una opinión, no ya que sea contraria a la opinión políticamente correcta, sino siquiera que la cuestione en algo.

Al final, esto trae consigo el que la gente dice una cosa y hace otra. Ello explica el hecho de que los denominados populismos estén emergiendo. La hipocresía a todos los niveles, acaba siempre fracasando. ¿Cómo si no, explicarse el triunfo de Trump o el aumento de la extrema derecha en países tan civilizados como Austria o Francia? Aunque sus mensajes no sean los políticamente correctos da la impresión de que dicen en voz alta lo que muchos piensan y no se atreven a decir. Los problemas sólo se resuelven indagando en su origen y llegando a su raíz, en tanto la filosofía imperante de lo políticamente correcto no es más que un parche para tapar determinadas cuestiones de las que más de uno saca pingües beneficios. Es una dictadura como la del silencio, propia de regímenes totalitarios. A la vista de lo que hay, más de uno pensará que más vale callar que exponerse a ser crucificado.

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