Decía Oscar Wilde que, por mucho que uno trabaje en el arte y la literatura, al final le recordarán por una anécdota. Tengo el consuelo de que me recordarán por el título de un artículo y que éste, con suerte, terminará enriqueciendo el refranero. Hace años escribí una columna en la que, contra los cicateros de los buenos días, defendía que, en caso de duda, el inteligente saluda, porque todavía no hay (aunque cualquiera sabe, con la que se nos viene encima) un impuesto especial a la buena educación. Negarse a saludar ofende gratuitamente y la vida da muchas vueltas. Además resulta raro, como cuando me sentaron en una boda con alguien que no saludaba jamás y me alucinó lo enterado que estaba de todas mis circunstancias. Con mucha menos información, yo considera al prójimo como mínimo conocido y, desde luego, saludado y, casi seguro, amigo.

Algunas personas recuerdan aquel artículo y, de vez en cuando, me saludan guiñándome: "En la duda, buenas tardes, Máiquez". Mis hijos también se lo han aprendido y saludan a diestro y siniestro como si fuesen Kate Middleton.

Ahora, gracias a las mascarillas, la duda se ha incrementado y, siguiendo mi refrán, también proporcionalmente los saludos. Tal vez coadyuve que el confinamiento nos ha ablandado el corazón. Hasta los más reacios a los buenos días están encantadores, irreconocibles.

Podría recrearme en mi victoria moral, pero ha llegado justo cuando Byung-Chul Han me acaba de explicar en su librito La desaparición de los rituales lo que latía debajo de aquellos saludos evitados. Antes existían comunidades sin comunicación. Esto es, todos éramos de la misma comarca y formábamos una cohesionada comunidad, donde (como aquel comensal de amabilidad sobrevenida e inesperada) lo sabíamos casi todo, pero sin necesidad de darnos cordel. En cambio, con las redes sociales, sigue argumentando Han, la situación se ha invertido: tenemos muchísima comunicación (seguidores, likes, retuits, etc.), pero ya no una auténtica comunidad. Me ha parecido una defensa convincente de mis más hieráticos convecinos.

Les he entendido cuando todos, gracias a la duda que crean las mascarillas (entre el embozamiento y el vaho de las gafas), nos saludamos a bulto y a mansalva. Casi me entran ganas de ponerme ahora estirado y/o absorto. No lo haré porque no puedo traicionar a estas alturas aquello por lo que me recuerdan algunos. Wilde no me lo perdonaría.

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