Opinión

Juan Luis Vega

El encantador suelo jerezano

Cuando hablábamos del perfume que invade la ciudad gracias a los vinos prodigiosos que en ella nacen y luego añejan por aquí, de esos aromas que pululan por las barriadas y rincones más coquetos como si de una nube sabia y hermosa se tratara, nos referíamos a una cosa etérea, a algo sutil y vaporoso, pero cuando bajamos del cielo a la tierra, entonces, nos encontramos en Jerez con otras de sus grandes singularidades: con uno de los suelos más sugerentes que puedan pisarse y contemplarse en nuestra antigua Europa.

Y es algo admirable, pero es que Jerez, su casco histórico, fue un lugar primero artesano y más tarde super-industrial donde circulaban infinidades de carros tirados con mulos y cargados con los mostos que llegaban de sus viñas echando pompas por sus bocachas y donde otros tantos regresaban del embarcadero de El Portal después de descargar dos botas del mejor amontillado para Inglaterra y que, para no volver de vacío, se pasaban antes por la Sierra San Cristobal, por sus formidables cuevas, y completaban una carrada con sillares de piedra arenisca con la que se construían decenas de bodega imperiales y hasta palacios de postín.

Una ilustración de Juan Ángel González de la Calle. Una ilustración de Juan Ángel González de la Calle.

Una ilustración de Juan Ángel González de la Calle.

Sí, y desde luego porque nuestros vecinos de entonces no colocaron de cualquier manera los cantos rodados, los chinos y chinas, los adoquines y los “pelotes”, no, sino que lo hicieron con tan singular finura, con tanta destreza, que muchos de los suelos de nuestras bodegas y de muchas calles jerezanas parecen verdaderas alfombras persas, composiciones casi pictóricas. Dejaron dibujados nuestros empedrados como si se tratara de un delicioso cuadro de Juan Ángel González de la Calle, aunque sin pingüinos.

Por esa maestría, los suelos del centro histórico de nuestra ciudad deben considerarse como un patrimonio formidable, como algo indisoluble y propio de nuestra ciudad. Algo único donde se mezclan todos los estilos, aceras de losas pequeñas de Tarifa alternándose con otras de chinos pequeños a modo de tabla de ajedrez. No se pierdan la composición de la bodega El Molino o los restos que se conservan, de mala manera, en la alameda de Cristina, ni tampoco, por Dios, las cuadrículas formadas por adoquines y “pelotes”de color gris o azul, según el día, de la calle Ciegos y los de tantas y tantas callejuelas del denostado barrio de San Mateo, donde puede admirase una filigrana de formas, que para sí quisieran Toledo o la mismísima Florencia.

No debería resultarnos incómodo pisar este rico patrimonio, sino al contrario defenderlo con uñas y dientes. Y mantenerlos a toda costa, porque fueron realizados por auténticos orfebres que trataron a las piedras del suelo como si fueran preciosas. Humildes “pavimentadores”, pero que con su pericia nos legaron unas calles empedradas para nuestra historia, unos suelos donde derramaron su arte.

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