Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

Han enloquecido

Dos toros en el campo. Dos toros en el campo.

Dos toros en el campo.

CuAndo se deja de lado al sentido común, las cosas sólo pueden ir a peor. Si se abandona la sensatez, nada bueno puede acontecer. Cuando abjuramos de la cordura, a lo único que podremos llegar será al disparate.

El animalismo muestra, por días y cada vez más a las claras, su condición enfermiza; apenas si van quedando dislates que no se apropien en una obsesión demencial por transformarlos en “dogmas” intocables. Muy lejos de la libertad, en la que cada cual puede adoptar las ideas que mejor considere, los animalistas se han convertido en una secta peligrosa. No por las convicciones que puedan asumir, en absoluto, sino por su maníaca enajenación en negar cualquier argumento contrario a los suyos, y lo que es mucho peor, por empeñarse, con radical y paranoica ofuscación, en prohibir, a los que no pensamos como ellos, cualquier actividad que consideren lesiva o perjudicial para “sus” animales.

Los animales no son personas, y no hay que tratarlos como a tales, tampoco creo, sinceramente y con conocimiento de causa, que ellos quieran que así se les trate. Los animales, tampoco tienen los derechos que tenemos las personas, nunca y en absoluto, se pongan los sectarios como se pongan. Primero, porque para tener derechos hay que tener obligaciones –circunstancia no posible en el caso animal–; segundo, porque sólo el ser humano posee capacidad cognitiva que, entre otras cosas, le faculta para discernir, deducir y decidir; tercero, porque nada más que los humanos, al menos en el planeta Tierra, podemos elaborar conciencias; la conciencia es lo que nos permite “conocer”, dar sentido y percibir, tanto a otros congéneres, como sentimientos, animales o cosas.

“Toda conciencia es conciencia de algo”, apostillaba Sartre, sin ella, “la conciencia de algo”, no se pueden establecer relaciones de causa-efecto, ni comparar, ni tampoco elegir con conocimiento de causa y asunción de sus consecuencias, no es posible “comprender” ni “entender” el hecho de la existencia, tampoco razones, finalidades o explicaciones.

Los animales son seres vivos que sienten y padecen, que sufren y gozan; pero, básicamente y en la mayoría de los casos –a excepción de los que cuentan con un sistema nervioso desarrollado-, sólo a nivel fisiológico –no es lo mismo un escarabajo que un lagarto, ni una sardina que un zorro-. Los animales superiores tienen capacidades también superiores, si bien hay un límite impuesto por la evolución, por la propia Naturaleza, del que, por su esencia misma, les resulta imposible pasar: el entendimiento, la facultad cognoscitiva y la posesión de conciencias. Porque… también los vegetales son seres vivos, sin embargo sus capacidades intelectivas no existen, por lo que se colocan, en este aspecto, muy por debajo de los animales, que en ese aspecto, han experimentado un cierto desarrollo –otros, como las bacterias o muchos organismos unicelulares, están muy próximos, en el sentido en el que estamos hablando, de las plantas-.

Es obvio que todos los seres vivos merecen respeto. Es evidente que los animales, deben ser tratados con cuidado y afecto; que aquellos que dependen de nosotros, deben recibir cobijo, alimento, atención y cariño. Es incontestable que no se les puede dañar por capricho y sin necesidad, que no se puede consentir el maltrato para con ellos, que es inadmisible la tortura o cualquier otra degeneración semejante; ¡pero ya! Confundir churras con merinas o el chorizo con la velocidad, no; asimilar animales con seres humanos, o los derechos de los unos con los supuestos de los otros, ¡no!; equiparar el valor de una vida humana con la de un animal… ¡por Dios…!, ¡¡no!!; y esto, no otra cosa, es lo que, de modo alucinante, regresivo y muy preocupante, es lo que reclaman y reivindican los fanáticos animalistas.

Les pongo un ejemplo de la penúltima majadera estupidez de estos irredentos, y memos, sectarios: “Debemos dejar que los mosquitos nos piquen, para que así puedan alimentar a sus crías…”. Alucinante y supina imbecilidad demuestran, sólo superada por una mayúscula ignorancia: los mosquitos no alimentan a “sus crías” en ningún momento. Ponen huevos, de los que surgirán las larvas, que se alimentan por sí mismas en medios acuosos, hasta que se transforman en la crisálida de la que saldrá un mosquito adulto. Y, como esto, todo…

Son los mismos mamarrachos que quieren prohibir la caza, los toros, los coches de caballos, los perros de rehalas, las carreras de galgos, la pesca, las granjas de vacas, ovejas o cerdos, las charcuterías y carnicerías, las pescaderías…Han enloquecido, como tal deben ser tratados.

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