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Marco Antonio Velo

Un sorteo en escabeche, Aquilino Duque y Antonio Gasset

Alfa: Participo en un sorteo, apuesto al número que elijo al tuntún, la suerte apunta luego a mi cogote y me llevo el premio de calle. ¿Qué me toca en suerte? Un lote de productos tradicionales -salazones, ahumados y conservas- de Barbate. ¡Llegar y besar el santo! En menos que canta el gallo la caja de marras alcanza mis manos. En su interior no cayeron garbanzos negros. Todo es bocado de cardenal. Mis ojos miran con retina de Julio Camba a la hora del almuerzo en el Hotel Palace -habitación 383-. La panza hace sitio y las glándulas salivales se abren paso a codazos. El apetito nada a contracorriente de cualquier deshora. Todo mi contexto es escabeche. El pan pide a gritos un arrimo de paté de mojama. Y, como el verso de Gerardo Diego, “la verja del jardín se ha cruzado de brazos”.

Beta: Fallece mi amigo Aquilino Duque. Todo en Aquilino siempre estuvo vinculado a la blancura: blanco pelo, blanca tez, blanco timbre de voz, blanca escritura. También su letra redonda parecía copos de nieve sobre el folio nunca volandero. “Devuélveme, Señor, las certezas aquellas”. La novela como aventura, como territorio fértil de indagación, como vía de escape. Aquilino fue un sevillano nada localista. Nómada muy viajado. Pronto supo que la vida es un zigzagueo apuntalado por encrucijadas y por renuncias. Por esta razón jamás se anduvo con remilgos a la hora de encauzar su vocación y de canalizar su talento. Se vistió por los pies entre la gracia y la guasa andaluza y el rigor de quien fue ensayista de alta envergadura intelectual. Alto y delgado como un Giraldillo de la España entonces grande y libre. Conoció de cerca a Joaquín Romero Murube -el poeta de los duendes y las musas-. Aquilino se prestó de mil amores a relatarme al dedillo su relación con Murube y alguna que otra simpatiquísima anécdota acaecida en la Casa de Hermandad de la Amargura, sita en San Juan de la Palma. Aquilino tenía algo Heráclito de Éfeso y otro tanto de hermano de las Escuelas Cristianas de finales de los cincuenta. Ha muerto un escritor fecundo. Un hombre suave, un lector voraz y un maestro generoso. Todo era albo en él. Hasta la claridad sonora.

Gamma: Muere Antonio Gasset. Entre los compañeros de la Asociación de Críticos y Escritores Cinematográficos de Andalucía siempre hemos vaticinado que ‘Días de cine’ sería a corto plazo un programa de culto para inminentes cinéfilos de fuste. De jovencillo nunca me perdía sus emisiones.Antonio Gasset siempre me pareció un crítico rizoso y escéptico, transgresor y finísimo, ajeno a cualquier bandería o convencionalismo de ocasión. Escribía como los genios malditos de la bohemia noctívaga que horneaba la cultura oficiosa en los fogones de la noche. Procedía del mítico ‘Informe Semanal’ de los años 70 y 80, del que fue redactor, realizador y subdirector. Su brillantez literaria casaba con la independencia de un criterio agudo y original sin parangón. Analizaba los filmes desde la profundidad de su desbordante cultura, siempre rayana a tesis filosóficas de nuevo cuño. De casta le venía al galgo. Gasset era un vanguardista del humor que había leído a los clásicos. Sus originales comentarios cuando “llega la pausa” constituían el Catón de la mordiente más ingeniosa. En llevar la contraria era un profesional consumado. Su voz nacía de los hondones de la reflexión apocalíptica. Nos hacía reír sin apenas mover el rictus. Parecía un robot con sangre numantina. Un ser excelente -¿verdad que sí, Antonio Fernández Vera?- capaz de lanzar píldoras como la siguiente: “Llegó la pausa. Ocasión magnífica para meditar si somos justos con los demás o, por el contrario, problemas personales proyectan sus miserias y deforman la imagen del prójimo. Hay que tener cuidado pero no se sientan culpables: los imbéciles son siempre imbéciles proyectemos lo que proyectemos”. ¡Para quitarse el sombrero!

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