Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Delincuencia, leyes y derivados

Oyendo ciertas noticias tengo la desagradable tentación de desistir de la humanidad. El territorio que ocupa la perversidad supera con creces mi resistencia psicológica ante los retrocesos de animalidad más sobrecogedora: parricidas, jiferos, matarifes, terroristas, maltratadores…un largo etcétera innombrable e indeseable, patológico a todas luces. No consigo explicarme estos hechos, que quizá sean aleatorios, pero que infunden miedo por la deriva que tienen o la profunda inestabilidad que ocasionan ante la aventura sorprendente del ser humano en su crueldad (Recomiendo para ello que os asoméis al magnífico ensayo que José Antonio Marina nos ha regalado en su ‘Biografía de la Inhumanidad’). Comprendo los errores cometidos en el lento proceso de evolución, las necesidades y los problemas que ocasionaban, las luchas y las contiendas, hasta cierto punto explicables en esa búsqueda que el ser humano ha tenido de sí mismo, de su cultura y de su civilización. Pero esto que nos ocurre hoy, a estas alturas de la humanidad, me derriba el andamiaje de toda posible conquista ¿Hasta dónde puede llegar la barbarie? ¿Hasta dónde puede el ser humano llegar a dejar de serlo? Son preguntas esquivas, plurales y difíciles de medir porque no concretan el polo ideal o preciso hacia el que debemos tender. No sé si es físicamente forzoso el choque de los polos opuestos para conseguir la energía necesaria; no sé si forma parte del proceso evolutivo que va desbrozando con salvajismo el camino de los más fuertes; no sé qué leyes rigen este proceso de contrarios, esta dialéctica envolvente, que, a modo de sinfín, nos catapulta a un espacio de fulanos. Las supuestas inteligencias evolucionadas están provocando un choque de racionalidad e irracionalidad que busca un ajuste necesario. Por lo pronto, un proceso de justicia para alcanzar una inmediata satisfacción. Si las leyes se venden al subjetivismo afectivo, entonces, estaremos perdidos y abocados al idealismo irracional de cualquier causa; si su actuación, por el contrario, es racional pero lenta, estaremos, de igual modo, sujetos a la ley del tiempo que se acaba. La lucha contra la inhumanidad tiene la perentoria necesidad de ser abordada con inmediatez; otra demora es darle pábulo al delincuente y a la indolencia, cada vez más instaurada en los comportamientos sociales.

Cuando asistimos a una noticia de crueldad extrema y se estremecen las entrañas de la sociedad, pareciera que todos, paradójicamente, nos sensibilizamos y unimos más en un mismo objetivo. Pero en esto que nos conciencia, está, a un tiempo, el pecado que nos asiste: la sensiblería. Permanece exactamente cuarenta y ocho horas; a renglón seguido, los responsables políticos, que debieran consensuarse en leyes protectoras y objetivas, se enzarzan ideológicamente para, de nuevo, volvernos a dejar a los pies de los caballos, o utilizar los sentimientos como dardos ideológicos de controversia. Muertes emblemáticas de nuestra historia reciente, que fueron capaces de unificar a todo un pueblo, hoy son utilizadas de forma torticera o arrojadas a la fosa común del olvido. Nada más despreciable que la desmemoria de lo reciente en quienes pretenden sanar la memoria de un tiempo mucho más pretérito. Y si se ha de reclamar justicia, que se reclame siempre; y, ahora, es el momento de quienes ostentan la responsabilidad legislativa. Es urgente, preciso y necesario un acuerdo de Estado en el que todas las fuerzas políticas creen leyes -garantistas, por supuesto- que protejan ‘también’ al ciudadano normal, que somos casi todos, sin que tenga que demostrar constantemente su inocencia. Que las mismas fuerzas de seguridad no se sientan indefensas ante los tribunales a la hora de aplicar la ley de protección ciudadana ¿Cómo es posible que tengan que omitir -aunque hagan lo imposible- su actuación defensiva por culpa de las injerencias ideológicas arbitrarias? El conflicto entre seguridad y libertad está servido: derechos y deberes, todo un tratado de casuística legal que pueda permitirnos transitar por la calle; otra cosa será cómo deba yo transitar por mis adentros, que es un espacio en el que no deben entrar los diputados del turno.

Hace falta un fenómeno de ajuste -que llamamos ‘justicia’- para que esta situación de indefensión ciudadana se restablezca. No es posible vivir entre la delincuencia objetiva -trapicheo, droga, extorsión, amenazas, violencias y comportamientos incívicos- sin que haya actuación legal y eficaz que satisfaga a la ciudadanía. No es posible vivir en paz, sabiendo que, quienes están al corriente de dónde se encuentra el foco del fuego, no actúen en consecuencia, dejándonos al borde del abismo entre noctívagos, noctámbulos y nocherniegos. Porque si hubiera verdadero interés de consenso político, esto se resolvería en veintinueve segundos

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