Felipe Ortuno M.

Vanitas vanitatum

CUALQUIER parecido con el entorno político actual será pura coincidencia…Había un gallo que pensaba que el sol se había levantado para escucharlo cantar. Todos llevamos un poco la vestimenta de este pollo cuando el YO ocupa una considerable proporción de este plumaje, que afecta a tanta afectación que hay en nuestra sociedad; entre los que se creen genios y se juzgan irresistibles hay una buena dosis de insoportables. Porque ir por la vida con un penacho de altivez roza la impertinencia, si no fuera porque de inmediato da la cara el farol.

Aunque este aspecto de la vanidad, a mi entender, no es tan importante (que todos llevamos una pizca de ella) en tanto no derive en orgullo y éste en soberbia ¡Ah entonces, la cosa cambia en hinchazón y septicemia del alma! Porque al decir de los sabios “toda perdición tiene su origen en la soberbia”. Es en las torres altas donde más sacude el viento y es en los pinos más frondosos donde hiere más el rayo, siempre que sea verdad lo de la altura y la frondosidad, porque hay quien, sin nada dentro, hace más ruido que un regimiento, de cuyo se deduce que son los ríos más caudalosos y profundos los que con menos ruido se deslizan.

Quiero decir, en fin, que la vanidad está vacía, como su propio nombre indica y no tiene otro contenido que vacuidad. De vez en cuando se reviste de insolencia con el orgullo, que no es sino necedad y tontería. Bueno sería que la vanidad se convirtiera en modestia y con ella se vistiese alguna vez, pero mucho me temo que este vicio no da muchas treguas y atiende a pocas correcciones, y las más de las veces, puesto que nos acompaña a todos, hace vacilar incluso las virtudes que pudiéramos tener, si tenemos alguna, porque es altamente infecciosa.

Fíjate si es impenitente y terca que induce a preocuparnos de lo que pensarán de nosotros una vez muertos. Ahí quedaría todo si callara; pues ni de eso es capaz, que hay, a más abundamiento, quien sueña con lápidas y epitafios imperecederos…

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