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Feria del Caballo

Antonio Mariscal Trujillo

Aquellas ferias de mayo

Cartel de la Feria de Primavera de Jerez en el año 1960, original de Fernández Lira. Cartel de la Feria de Primavera de Jerez en el año 1960, original de Fernández Lira.

Cartel de la Feria de Primavera de Jerez en el año 1960, original de Fernández Lira.

Mucho ha cambiado nuestra Feria desde aquellos años cincuenta del pasado siglo, que es hasta donde alcanza mi memoria. Aunque el mayor cambio ha sido el del año actual, cuando su montaje quedó irremisiblemente detenido con la instalación de las torretas para el alumbrado debido a esta maldita pandemia.

Pienso que en tiempos pasados la gente vivía la feria con mayor intensidad, al menos de forma muy distinta, al ser junto con la Semana Santa lo único que rompía la monotonía cotidiana de una ciudad con afanes de pueblo como era el Jerez de antaño. Sería quizás porque la Feria de Jerez era algo más que una fiesta o una diversión, puede que además fuese el arraigado sentimiento de toda una tradición secular.

La Feria era un lugar de encuentro. Un encuentro del pueblo con sus propias raíces sin formalismos ni caretas, toda una expresión de lo nuestro. Días de confraternización, de amistad y de alegría ante una copa de vino entre la más pura expresión, con una personalidad propia y un folklore ancestral. Feria que esperábamos con ansiedad, recibíamos con alegría y despedíamos con tristeza. Para la que meses antes íbamos ahorrando peseta a peseta en una hucha de barro que se rompía al llegar mayo. Hoy dicen que la Feria es cara para algunas economías. Antes también, pero cada uno se divertía como podía y su economía más o menos modesta alcanzaba.

Obligado era el domingo por la mañana el paseo por la feria de ganados para ser testigos de un espectáculo único y gratuito: los tratos de compra y venta de animales. Esos a los que se refería José María Pemán, en su elegía a la Feria de Jerez, en los que se gastaban diez duros en vino y almejas por vender un burro que no valía ni tres.

El marco indiscutible de aquellas ferias eran, al igual que hoy, las casetas. Unas públicas y populares como las grandes casetas de la Tomatera, Lozano, La Gorda etc., en las cuales se permitía llevar la comida desde casa metidas en cajas de zapatos, ya que entonces aún no se habían inventado los tuperwares. Ahí se llevaba la tortilla de papas, los huevos duros y los filetes empanados.

Así las familias modestas sólo tenían que gastar en el vino, las gaseosas o las aceitunas que nos servían en las mesas. Otras, para uso y disfrute de los empleados de bodegas como las de González Byass, Williams o Domecq tenían precios muy ajustados.

Algunas, pertenecientes a los distintos cuerpos militares con guarnición en la plaza solían tener muy buen ambiente, sobre todo por las noches, con buenas orquestas y mejor baile. Otras casetas de construcción fija como las de los casinos Lebrero, Nacional, Labradores, Domecq o González Byass, acogían a la élite de la sociedad jerezana.

Por otra parte, los bailes de la gran caseta del Casino Jerezano, cuyos socios componían la no muy abundante clase media más o menos acomodada de la ciudad, era por las noches la máxima atracción para muchos jóvenes, entre ellos yo, que de una u otra manera nos las ingeniábamos para colarnos pasándonos un amigo a otro una única invitación a través de las rejas.

Pero sin lugar a dudas las más entrañables fueron para mí, entre otras, las inolvidables casetas de los Karcomedo, con los recordados Diego Asencio, Paco López Tubío, Miguel Ruiz entre otros, los cuales siendo muy jóvenes sellaron en los años de la posguerra una amistad perdurable en la Ermita de San Telmo. Y que decir de Los Lagartos de las familias Daza, Gutiérrez o Mata. Los Máscaras, que nunca llegué a saber si el nombre era por lo de las caretas o por que eran los más “caras” del mundo.

La Fiesta Nacional junto con la del Tendido de los aficionados al arte de Cúchares. Los Leones, La Mahora, Peña Ciclista, Peña Nosotros y otras más, componían un abanico de entrañables casetas familiares que por unos días se convertían en hogares efímeros de sus parroquianos.

Ferias de antaño que siempre guardaré en mis recuerdos. Más tarde vendrían las casetas de Hermandades y Peñas Flamencas, y su gran evolución hacia nuestra actual Feria del Caballo. Todo cambió y no sólo en su estética, sino en la forma de vivirla y de sentirla.

Los puestos de rebusco, de los sombreros de ala ancha de cartón, el fotógrafo del caballo, el saltimbanquis, el caracol, el Circo Americano o el Prince, el Teatro Chino de Manolita Chen, la tómbola del cura Bellido y su sorteo estrella de una Vespa, el requiebro, el sempiterno Escocés, los húngaros y su cabra equilibrista. Tantas y tantas cosas y vivencias que quedaron en el recuerdo de aquellas benditas ferias de mayo de mi juventud.

Ahora, cuando veo en los últimos años a cientos y cientos de jóvenes haciendo botellón los días feriados en los jardines del Bosque, me pregunto: ¿Cómo será el futuro de nuestra incomparable Feria de Mayo cuando los que amamos la tradición vayamos desapareciendo?

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