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Me lo perdí. Imagino que me pillaría tomando café. O haciendo la compra, no lo sé ahora mismo. Y no será porque no llevaban meses anunciando el acontecimiento histórico. Pero hay que reconocer que no siempre tiene uno la cabeza para acontecimientos históricos, así que el jueves por la mañana, en vez de estar pendiente del desentierro de Franco (que según habían dicho en las tertulias de la tele iba a ser la repanocha de los episodios nacionales) a mí se me fue el santo al cielo y me lo perdí.

Creo que no fui el único que no le echó cuenta. A esas horas en las que algunos periodistas rimbombantes insistían en que iba a cambiar el curso de la Historia -con docenas de medios de comunicación acreditados para contar en vivo la exhumación del muerto y un despliegue de cámaras inaudito- las calles no daban la impresión de que estuviera pasando nada del otro jueves. Las terrazas de los bares estaban tan llenas como siempre que hace bueno; los puestos de verduras, con las mismas colas que cualquier otro día, y los abuelos, yendo a recoger a los nietos al cole como si no fuera con ellos la exhumación. A lo mejor es que no iba con ellos.

Quizás tenga algo que ver en este desinterés por los acontecimientos históricos el hecho de que raro es el día que no ocurren cuatro o cinco acontecimientos de esos. Con tantos estrenos de cine históricos, tanto gol histórico; con divorcios que son históricos y hasta paellas históricas, que las ha habido, es difícil mantener la concentración.

También influirá, supongo, el hecho de que la exhumación de Franco la habían anunciado tantas veces que, cuando al fin se ha consumado, nos ha provocado la misma emoción que le provocaría a Liz Taylor la boda con su octavo marido.

Y hablando de bodas, con otros acontecimientos históricos que han dado por la tele, como los casamientos reales, la gente se mataba por llegar a casa para no perder detalle. Es verdad que los escotes que se ven en las bodas no se iban a ver con un féretro de por medio, pero la expectación ha sido mucho menor que cuando se casa una marquesa o una tonadillera. Por más relevancia que se le haya querido dar a algo que tenía que haberse resuelto hace lustros, da la impresión de que la gente tenía cosas más importantes que hacer (como poner la lavadora o sacar al perro) y que la exhumación de Franco venía a importar lo mismo que si hubiesen exhumado a Zumalacárregui.

Tal vez ese sea el auténtico éxito de la operación: dejar constancia de que a una gran parte de los españoles lo que hagan con los despojos de Franco nos produce unas terribles ganas de bostezar. Y no por falta de sueño, sino porque un personaje de tan poca talla no merece la atención que se le brinda.

Eso sí, espero que el desinterés que nos producen a la mayoría de los ciudadanos estos asuntos que preocupan a muchos políticos no se traduzca en un desinterés mutuo por parte de esos políticos hacia los asuntos que de verdad nos quitan el sueño a los ciudadanos, pues eso sería una catástrofe. Una de las que no se arreglan mandando un helicóptero.

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