CATAVINO DE PAPEL

Manuel Ríos Ruiz

El fuego, esa tentación de los fracasados

QUEREMOS creer que el hombre o la mujer que de repente se encontró con el fuego, intuyó rápidamente de sus posibilidades para mejorar la existencia. Y fijémonos en una tremenda contradicción: días pasados un par de jóvenes incendiaron un edificio para darse el capricho de grabarlo en los móviles y después colgarlo en Internet. Cuando la piromanía llega a tal extremo, no puede extrañarnos la enorme cantidad de bosques que se queman en este país y en tantas otras tras latitudes a lo largo de todo un verano, porque los piromaníacos cada día son más en este planeta.

Y no hay que con fundir piromanía con piromancia. La piromancia es en realidad una forma antiquísima de adivinación, consiste en un método de adivinar algo por el color, el chasquido o el parpadeo de una llama, un ritual que ya se practicaba en la Grecia clásica y en China desde el neolítico. Y dentro de las formas de piromancia que se practican, encontramos algunas sumamente curiosas, utilizando junto al fuego, que puede ser incluso un pabilo de vela ardiendo, desde huesos a insectos vivos.

Y la denominación piromancia se ha aplicado también, andando el tiempo, a la piromanía, que es un quehacer verdaderamente maldito, con más presencia cada día para mal del medio ambiente. Y por lo tanto de la humanidad. Según la explicación científica la piromanía es un trastorno, una enfermedad psicológica, mental, en una palabra, que lleva a quienes la sufren a incendiar tierras y casas, para disfrutar viendo cuanto destruye su obra. Al parecer, los piromaníacos, al decir de sus estudiosos, suelen ser personas tristes, solitarias, o también gente decepcionada de la vida o iracundas por naturaleza.

El fuego, primordial en el devenir existenicial del hombre, se ha convertido a manos de los piromaníacos en un elemento destructor de vida desde hace muchísimo tiempo, y en los últimos años lo está siendo en demasía. Concretamente en España son múltiples los incendios forestales intencionados, por lo que se impone una política mucho más intensa al respecto, especialmente en lo concerniente a su localización inmediata, para lo que además de aumentar el número de guardabosques, se apoye su labor con el ejército, destinando compañías a tamaña vigilancia. Contemplar hectáreas y hectáreas de montes y montañas calcinadas es percibir una calamitosa visión del mundo.

Y es que el fuego tan capital en tantos aspectos, desde su uso cotidiano a su aplicación industrial, tiene como todo elemento de la naturaleza un doble filo en sus llamas. Y abundan los que lo usan para dar rienda suelta a sus malos sentimientos, esos piromaníacos que cuando son descubiertos y detenidos alegan disculpas que en realidad los califican de pobres hombres fracasados. Ahora bien, las penas por sus delitos deberían ser ampliadas de inmediato.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios