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Por si no nos habíamos dado cuenta, ha dicho el pizpireto ministro de Universidades, uno de esos fichajes estrella que compiten con los políticos profesionales por hundir aún más el prestigio de la dedicación a la cosa pública, que él proviene de "otra galaxia académica". Así es, en efecto, y no hay más que escucharlo hablar de los retos del "nuevo modelo pedagógico" para ver que sigue vistiendo el traje de distinguido conferenciante en los campus más selectos. Catalán nacido en el exilio de Albacete, el ministro es el clásico señorito de una gauche que en su comunidad hace tiempo que ha perdido el norte, y probablemente no percibe que su suficiencia cool, por más que se ampare en una relevante trayectoria intelectual, es poco apreciada fuera del ámbito de sus patronos o incondicionales. Para el brillante catedrático, la obsesión por evitar que los estudiantes copien no es una garantía de juego limpio, sino un reflejo de la "vieja pedagogía autoritaria". La desigualdad, incomprensiblemente, se combate eliminando el baremo de las calificaciones a la hora de conceder las becas. Por supuesto, hay que implementar el uso del teléfono móvil y dejar atrás las formas obsoletas que no se corresponden con las necesidades de la sociedad digital, siendo la enseñanza presencial un molesto y prescindible residuo del pasado. Ya de paso, dado que la tecnología es la panacea, para qué vamos a pedirles a los bachilleres -de las humanidades ni hablamos- que estudien matemáticas, ya harán las cuentas las empresas que financien los departamentos. A estas alturas parece inútil recordarle al ministro que la universidad no es una escuela de formación profesional, y que su función no es catequizar a los alumnos ni usarlos como mano de obra barata, sino dotarlos de conocimientos y herramientas críticas. Es un misterio el modo en que la izquierda, cuya tradición en este terreno sigue pesando más que los errores cometidos desde la restauración de la democracia, ha malbaratado un legado que forma parte de ese sólido conjunto de razones por las que algunos de nosotros, aunque cada vez más asqueados por la demagogia de sus representantes actuales, seguimos venerando los altos nombres de la generación que defendió la enseñanza no doctrinaria y una verdadera educación superior de las clases populares. La universidad pública es una cosa demasiado seria para dejarla en manos de gurúes presuntuosos con ideas genialoides. Sería muy deseable que este gran hombre regresara a su galaxia y dejara el puesto en manos de gente comprometida que comprenda -tenemos a muchos excelentes profesores que podrían explicárselo- para qué sirven las aulas.

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