HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Los gamberros

AUNQUE la palabra que los designa es relativamente nueva, se discute su etimología y no se usa tanto como antes, los gamberros han existido siempre en épocas de desórdenes o de dejación de la autoridad. En la decadencia romana los campesinos de los alrededores de la ciudad montaban guardia cívica día y noche para protegerse de los jóvenes borrachos llegados de Roma para violar doncellas, robar caballos, descerrajar cofres e incendiar pajares para iluminar la noche. Todo por el gusto de bromear y divertirse, si hacemos caso a Joachim Fernau. El Estado, añade, se había convertido en enemigo del ciudadano honrado: no se premiaba el orden, sino que se amparaba a todos los infractores en nombre del humanitarismo. Las personas decentes eran difamadas por ser reproches vivos y silenciosos. No habrá que añadir cómo terminó el Imperio, su economía y su autoridad porque es sabido de todos.

Siglos antes, durante la guerra del Peloponeso, cuenta Tucídides, los hermes de Atenas amanecieron casi todos descabezados. Los hermes, o hermas, eran unos bustos sin brazos sobre un estípite cuadrangular que se colocaban delante de los templos y de algunas casas particulares. No representaban sólo a Hermes, el Mercurio romano, sino a otros dioses, ninfas, sátiros y personajes notables de la vida cultural. En algunos casos tenían carácter erótico y se usaban como homenaje, como indicadores en los caminos o como simples adornos. Atentar contra ellos se consideraba un acto de impiedad. En plena guerra las autoridades pensaron que podría tratarse de un acto revolucionario para acabar con la democracia y ofrecieron recompensas a quienes ayudaran a descubrir a los culpables. No se consiguió nada, pero se dedujo que, al igual que había ocurrido otras veces, se trataba de la gamberrada de unos jóvenes bromistas borrachos.

Me acordé de estas anécdotas antiguas cuando supe que las imágenes de la Virgen y el Niño del belén de Santo Domingo en Jerez habían sido mutiladas. (No he podido escribir antes sobre el asunto porque el invierno me ha traído trastornos propios del tiempo.) Pero, a pesar de los comentarios oídos (acto de impiedad jaleado por grupos políticos antisistema o religiosos de otras confesiones), creo que la explicación está, como casi todo, en la Antigüedad. Jóvenes borrachos, ansiosos de una transgresión que no pueden hacer a la luz del día, aunque hoy se pueda transgredir casi todo, amparados en la noche y en la soledad helada de las calles, hacen algo de lo que al día siguiente se hablará en toda la ciudad y que comentarán satisfechos los cómplices como una acción extraordinaria de sus vidas para recordar en la vejez, que es el destino de la juventud. Nadie se alarme. Nada nuevo. Todo está en los clásicos. Lo aburrido es la falta de imaginación de los jóvenes borrachos.

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