HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Los genocidas imposibles

LAS palabras pierden su verdadero valor cuando se abusa de ellas o cuando se les da un sentido que no tienen. Ha pasado con muchas expresiones en los últimos tiempos: el ejemplo más notable quizá sea 'solidaridad', pero 'genocidio' y 'genocida' están también en lugares de honor. Como toda persona medianamente culta sabe, se llama genocidio al exterminio de un pueblo entero, no de una población, sino de un pueblo-nación con las características particulares que lo distingue: lengua, religión, raza, leyes y costumbres, y genocida sería el que dirige el exterminio de manera personal o el pueblo enemigo como conjunto que ha llevado a buen fin la desaparición del otro. Los genocidios hay que buscarlos con lupa, porque exterminar a un pueblo con entidad hasta que no quede ningún miembro vivo no es tarea sencilla. Lo más corriente es que los pueblos históricos hayan desaparecido diluidos en otros al mezclarse.

Al mal ejemplo de España con una ley de Memoria Histórica a medida de los intereses políticos y no de la Historia, le han salido, de momento, imitadores en Venezuela: el presidente y el alcalde Caracas. Como la Historia de América juega a favor de España, han tenido que inventársela. La estatua pública de Cristóbal Colón fue derribada de su pedestal en 2004 y el año pasado se retiró de un parque una réplica de la carabela Santa María. Los argumentos son rigurosamente históricos: Colón fue el jefe de una expedición invasora y genocida que exterminó al 96% de los indígenas. Mantener una estatua de Colón sería como erigir una a Hitler en Berlín, pues en verdad fueron personajes históricos muy parecidos porque en el siglo XV los conceptos, las ideas, las ideologías y la política eran exactamente las mismas que en el siglo XX. El alcalde de Caracas quiere una "Ciudad Socialista", no fascista.

Los que tienen bastante parecido con Hitler, por un proceso de enloquecimiento y huida de la realidad, son el presidente de Venezuela y el alcalde de Caracas. Ellos saben que los indígenas no participaron, salvo en Méjico, en los procesos de la independencia hispanoamericana, y que la resistencia que pudieran oponer en el momento de la llegada de los europeos fue de la misma eficacia que la de los pueblos iberos contra los romanos. Los indígenas estaban protegidos por la Corona y la Iglesia y temían caer bajo el poder de los criollos, los españoles de América, partidarios de un liberalismo salvaje y auténticos artífices de la independencia y posterior fragmentación de los Estados que surgieron de ella. Los indios fueron empujados por los criollos independientes a las tierras más pobres, condenados al aislamiento y la ignorancia. Con la moda de los delirios populistas los historiadores tienen trabajo añadido al respetable que ya realizan, pero los indígenas de América no los leen. Sus gobernantes neonacionalsocialistas tampoco.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios