El otro día, en toda España, se constituyeron los ayuntamientos. Tras unos días de rocambolescas situaciones, de absurdas búsquedas de matrimonios interesados, de conveniencias pagadas y de camas redondas para amores efímeros, de escasa validez y dudosas trascendencias, ya todo debe volver a su adecuado cauce. En estos días en los que todos se ofrecen a todos, en los que se truecan concejalías por diputaciones, alcaldías por consejerías y hasta presidencias autonómicas por simples delegaciones de pedanías; después de que sus ilustrísimos y excelentísimos alcaldes hayan asido con fuerza el bastón de mando, hayan jurado, prometido o no sé qué realidad jurídica por imposición legal, por gloria eterna a la república o al jefe de lobatos de un grupo scouts y hayan hecho saber sus buenas intenciones y su trabajo a tiempo completo -o lo que sea- por el bien de los ciudadanos; en estos momentos en los que la realidad debe volver a los pueblos y ciudades de España, es hora de que nuestros representantes elegidos y elevados a la categoría de munícipes gracias a los pactos imposibles y a los convenios espurios, se vuelquen a trabajar por el bien de todos. Cuando comienza un nuevo tiempo político y ciudadano, es hora de que nuestros gobernantes se den cuenta -como ha sucedido en algún ayuntamiento cercano de alcalde con luces- que la Cultura es un arma cargada de futuro, de presente y de las mejores circunstancias. La Cultura es cara sólo si no existe. Una ciudad llena de muchos y buenos proyectos culturales siempre estará a la cabeza de todo. Aunque muchos de nuestros políticos se caracterizan por tener menos tejas que un cine de verano, que decía mi abuela, la realidad es la que es y la Cultura ofrece infinitas vías de hacer grande una ciudad. Si fueran tan burdos e inconscientes, que no lo vieran, los ciudadanos, la historia, se lo tendrán en cuenta eternamente y lo harán patente para escarnio de sus conciencias.

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