El gran reto de la humanidad (I)

Los expertos consideran que la llegada de una Inteligencia Artificial General (IAG) que supere a la humana es ya cuestión de décadas. En el horizonte que fundadamente dibujan, pudiéramos acabar viviendo en una civilización distinta, donde robots superinteligentes diseñen, ordenen y disciplinen casi todos los aspectos de nuestra existencia. Esa nueva realidad, inminente en términos históricos, puede percibirse como idílica o, si no somos capaces de transmitirle nuestros objetivos y valores con precisión, convertirse en un verdadero apocalipsis de lo humano. Si vamos a entregar el poder a las máquinas, parece imprescindible un acuerdo previo y global sobre cuestiones básicas como la definición de lo que entendemos por benéfico, la estructuración de normas que construyan un estatus legal y ético al que deba constreñirse su inmenso potencial o, al cabo, los principios inderogables de su actuación que, pactados, garanticen la pervivencia de lo que esencialmente somos.

Frente a esta encrucijada, aparecen dos corrientes de pensamiento, la humanista y la transhumanista, que enjuician de diferente forma los riesgos de tan colosal salto tecnológico, Para los humanistas, que encarnaré en Gerd Leonhard, autor del ensayo Tecnología versus humanidad, el choque entre el hombre y la máquina, es imprescindible que los humanos mantengamos siempre el control de la situación. A su juicio, también es ineludible proteger los atributos humanos, como los errores, los misterios y las ineficiencias. Sólo si nos ponemos de acuerdo en la forma de usar la tecnología para el bien común, razona, habrá alguna oportunidad de que sobrevivamos como especie y de que no entreguemos el futuro a una minoría privilegiada y avariciosa. Es cierto que no podemos afrontar el mañana con miedo. Pero debemos ser extraordinariamente cautos: nada hemos avanzado en una legislación que difumine peligros y aporte previsión y sensatez a la revolución que se acerca. Si queremos evitar el desastre, concluye, tendremos que colaborar y concertar más, porque la tecnología no es creadora. "No hay apps para asegurar democracia".

En oposición al recelo que, como Leonhard, muchos explicitan, y con una fuerte dosis de optimismo e idealismo, los transhumanistas encaran el fenómeno con planteamientos sustancialmente diferentes. De ellos, y de la aparente tranquilidad con la que observan semejante mutación del planeta, me ocuparé el próximo domingo.

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